“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

domingo, 20 de septiembre de 2015

Amor verdadero




“Tengo la idea de que existe hoy día una vocación cuasi religiosa en el amor verdadero de la Patria; tesis que Santo Tomás no rechazaría y la Iglesia canonizó en Juana de Arco (heureux ceux qui sont morts pour sa terre charnelle). La razón sería que amar a la Argentina de hoy, si se habla de amor verdadero, no puede rendir más que sacrificios, porque es amar a una enferma, cosa que no se puede hacer más que por amor de Dios. Tengo la impresión vívida (y corríjame si me equivoco) de que para muchos argentinos varones el único camino que nos queda a la vida eterna (hablando existencialmente como dicen) no es sino la pasión vigorosa y actuante del procomún argentino, conscientemente abrazada en fe y esperanza. ¡Oh Dios, así nos hicistes... o nos hicieron! Nacidos en este siglo, hijos de la Laica, el desorden liberal respirado desde la cuna, Dios alejado del ambiente étnico y confusas todas sus imágenes, desnutridos mentales, herederos de profundas taras educacionales, no se ve quién nos pueda arrancar del légamo espiritual que nos succiona, aumentado a veces por lamentables claudicaciones personales, fuera de la aceptación del heroísmo civil doloroso, la furia de una gran pasión guerrera y varonil. Dios lleva al hombre por muchas vías, no muy llanas a veces, y no siempre las más llanas son posibles o seguras a todos. En otro tiempo la Iglesia juzgó que derramar sangre de paganos y matar moros, como decía el españiolísimo realismo de Manrique, tan podía ser un ideal religioso que era receptible de los tres votos monásticos, los que constituyen el máximo renunciamiento al mundo y aproximación de Dios; y de esta idea nacieron las órdenes militares. Los tiempos no eran peores que los nuestros, la Iglesia era la misma: solo que hoy día no se trata ya de matar, sino más bien de hacerse matar en silencio o exponerse a morir de fatiga o asco.

Esta es una impresión mía. Pero tengo otra impresión más clara aún: que si bien existe una mística de la Patria, no todas las místicas son buenas, porque existen falsas místicas, y no hay cosa más peligrosa para el alma: existe el peligro de hacer con el impulso generoso que nos lleva a la línea de fuego, un ídolo terreno puesto en lugar de Dios. El Papa ha denunciado el tinte peligrosamente idolátrico de muchos movimientos políticos modernos. En un articulo de la revista “América”, al principio de esta guerra, Hilaire Belloc la denunció de guerra religiosa, probando su idea con el aserto de que las naciones europeas se habían creado ídolos temibles, el ídolo del Estado (Júpiter), el ídolo del dinero (Plutón), para adorarlos en vez del Dios crucificado que hizo a Europa. Si el movimiento fascista italiano fracasa (cosa que está por verse) nadie me quitará de la cabeza que ese poderoso movimiento moral antiburgués (noi siamo contro la vita commoda) padeció escasez grave del fermento religioso católico.

Preguntará alguno por qué leo libros políticos y escribo en un diario político, si por ventura eso es necesario para bautizar o confesar. A mí en Roma me han dado un título de maestro. Yo no soy divulgador de fórmulas remanidas, yo soy un doctor en Teología, o sea un hombre que debe ver la Teología en la realidad y no solo en los libros —si quiere salvar su alma—. Y hay algo peor. A causa de la obsesiva imagen de un hombre maniatado y vestido de blanco, de pie frente a un Procurador de Judea, me enternece todo hombre que por decir la verdad marche preso”.

Padre Castellani, 29 de agosto de 1943.


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