“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

martes, 21 de marzo de 2017

Una mañana en el Vaticano




Se apresta a amanecer en cittá del Vaticano. Dos guardias suizos custodian la entrada a la “Casa Santa Marta”. Sin descomponer sus tiesas y elegantes figuras, sostienen el siguiente diálogo, que traducimos al castellano.


Guardia 1: El sol no sale todavía sobre Roma,
                 y ya el primer visitante se asoma.

Guardia 2: Este siempre viene muy temprano,
                 creo que es porque se siente algo avergonzado.

G. 1: ¿Quién es, si puede saberse?
         Soy nuevo en el puesto y debo conocerle.

G. 2: Es monseñor Felé, el jefe “lefebvriano”.
        Trae siempre una sonrisa en la mano.

G. 1: ¿Es cierto lo que dicen los chimentos,
         de que Pancho y él serán como la vid y los sarmientos?

G. 2: Al obispo suizo yo lo he visto muy seguido,
        y cada vez se lo ve menos cohibido.
        Dicen que lejos de haber malos roces,
        habrá pronto entre ellos una lluvia de arroces.

G. 1: ¿Y quién viene a su lado, su nombre se me escapa?
        Sé que es un prelado muy amigo del Papa.

G. 2: Ese es monseñor Guido Pozo.
        ¿Pero amigo de Francisco? ¡No seas fantasioso!

G. 1: Atención que ya llega, ¡prudencia!

G. 1 y G. 2: ¡Buenos días, Su Excelencia!

Mons. Pozo, seguido de Mons. Felé, pasan a la Casa Santa Marta. Atraviesan un oscuro pasillo y se sientan en una salita de espera. Mons. Ganswein los recibe e intercambian frescas sonrisas, con olor a pan recién sacado del horno. Mons. Felé quiere esperar de pie, pero Mons. Pozo le insiste en que se siente. Mons. Felé busca calmar sus nervios hojeando una revista que hay sobre una mesita de mármol. Se trata de la revista dominical del diario “La Nación” de Buenos Aires. Un ejemplar de “La Revista del Papa” y otra del “Guerin Sportivo” completan la oferta.

Mons. Pozo: Su Eminencia, aguarde tranquilo,
                    Su Santidad es de verdad un amigo.

Mons. Felé: Créame que no lo dudo un solo instante,
                  lo que él hizo por nosotros en Argentina es emocionante.
                  Sé que él nos quiere ayudar contra quien fuere,
                  ¡si hasta leyó dos veces el libro gordo de Lefebvre!
                  Pero, ¿no hemos venido muy temprano?
                  Temo de verdad el molestarlo…

M. P.: Ya le dije que se quede tranquilo,
          haga de cuenta que usted es un Rabino.

M.F.: Disculpe pero no lo entiendo.

M.P.: La confianza de Francisco no necesita remiendo.


En ese momento aparece Mons. Ganswein, que con un gesto avisa que Francisco está llegando. Ambos obispos se paran ipso facto. Mons. Pozo se acomoda los lentes, Mons. Felé, la sonrisa. Caminando rápido y muy sonriente, mate en mano, Francisco invade la habitación, y todos parecen agitarse, hasta las revistas. Francisco deposita el mate en las manos de Ganswein y con una mirada le da a entender que salga de inmediato de la habitación. Mons. Pozo se acerca rápido y besa de rodillas su anillo de plata.

M. P.: ¡Buon giorno, Sua Santitá!

Francisco: No nos pongamos formales, che Pozo,
                 y decime en qué andás…

M.P.: Aquí estoy con monseñor Felé.

Fco.: Tengo ojos, eso ya lo sé…

M. F.: (arrodillándose y besando el anillo de Francisco)
         Su Santidad, es para mí un honor
         besar su anillo en nombre de mi congregación…

Fco.: Bueno, bueno, pero porqué no nos sentamos
         y de tantas pantomimas nos dejamos…

M. P.: Mons. Felé acaba de dar una entrevista
          donde destaca fielmente su carisma.
          La confianza en Su Santidad es absoluta,
          sólo falta la firma y “causa locuta”.

Fco.: (a Mons. Felé)
          Y decime che Bernardo, qué pasa,
          ¿ya compraron en Roma esa casa?

M.F.: Su Santidad, va bien el asunto,
         de adquirirla ya estamos a punto.

Fco.: (a Mons. Pozo)
         ¿Le explicaste bien la letra chica del contrato?
         Con los judíos ya no puede haber maltrato…

M.P.: Mons. Felé de todo está informado,
         y él confía en tener a los suyos amaestrados.

M.F.: Hay algunos recalcitrantes, usted sabe,
         pero a la mayoría los eché ya de la nave.

Fco.: Es mejor tener cerca a los enemigos,
         se los controla tratándolos como a amigos.

M.P.: (a Mons. Felé)
        Nosotros no vamos a violar su identidad,
        sólo pedimos de ustedes confiabilidad.

Fco.: Éste (por Pozo) dice las cosas mejor que yo.
         Vos debés convencerlos de que el diálogo es lo mejor.

M.F.: Yo dialogo y viajo por todo el mundo,
        pero nuestros enemigos responden rotundo.
        Los revoltosos llamados “resistentes”,
        otro obispo consagrarán próximamente.

Fco.: Hay que ignorarlos, son impotentes,
         los buenos curas no son malvivientes.
         Vos les das un buen ejemplo con el diálogo,
         y esos locos ven por todas partes al diablo.
         Ellos están fuera de la Madre Iglesia
         por eso desprecian toda obediencia.
         Olvidá a esos contadores-de-rosarios.
        ¡Esos envidian tu nuevo y fabuloso seminario!

M.P.: (a Mons. Felé):
         ¿Entonces está todo decidido?

M.F.: En cuanto tengamos nuestra casa yo le aviso.

Fco.: Mientras tanto nuestros amigos harán el resto,
         publicando en la prensa todo favorable a esto.

M.F.: Su Santidad le estoy muy agradecido…

Fco.: No te me pongas sentimental o te liquido…

M.F.: …

Fco.: Es una broma, es que mis paisanos me tienen podrido,
         todo lo esperan de mí con un plañido.

M.P.-M.F.: Ja, ja, ja…

Fco.: Bueno, mándense a mudar y déjenme tranquilo,
         que debo terminar todos mis asuntos antes del partido.

M.P.: ¿Es el partido por la paz, Su Santidad?

Fco.: ¿De qué paz me hablás, Pozo, de qué paz?
         Hablo del partido del “Ciclón” contra Huracán.

M.F.: Pero usted es un constructor de la paz…

Fco.: (a Mons. Pozo, en voz baja)
         (Nunca le digas la verdad)
         Atendeme, Bernardo, y dale un saludo muy cordial
         y mis buenas ondas a tus cofrades que quiero misericordear.

Siguieron saludos, sonrisas y una escapatoria urgente de Francisco por los pasillos de Santa Marta. Mons. Pozo acompañó a Mons. Felé hasta la puerta, donde un auto marca alemana con chofer lo esperaba con la puerta abierta. El auto se perdió velozmente por las calles romanas, bajo un concierto de amenazantes truenos.

Guardia 1: Hablaron poco, se ve que todo va bien.

Guardia 2: ¿Bien para quién, si puedo yo saber?

G.1: Bien para el cornudo, por supuesto.

G.2: ¿El Jefe de las Logias, apuesto?

G.1: ¿Qué otro? Creo que pronto voy a dejar el puesto.
        Lejos de aquí, trabajaré menos descompuesto.

G. 2: Si tú me dejas, voy a seguir tu ejemplo.

G. 1: ¡Shhhit! Disimula, ¡ahí viene el Gran Maestro!

El cielo se tornó enteramente oscuro, y Roma pareció de golpe envuelta en tinieblas. Los guardias permanecieron silenciosos el resto del día (más bien, de la noche). Al día siguiente, ninguno de los dos fue visto en su puesto, frente a la Casa Santa Marta. Ni, según parece, tampoco en ningún lugar del Vaticano.



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