“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

martes, 7 de junio de 2016

La controversia


“Otro testimonio convergente con el del gaucho Hudson podrían ser las palabras de fray Agustín Gemelli, rector de la Universidad Católica de Milán, a un grupo de estu­diantes y profesores españoles (El Debate, 1931). La verdadera apologética—dijo más o menos el sabio fran­ciscano—, o es la genuina ciencia sagrada, o es alguna de las ciencias profanas cultivada a fondo, que siendo mucha ciencia siempre llega a Dios, según la profunda palabra del canciller Bacón. La otra apologética, yo no creo mucho en ella, dijo Gemelli.
Y es que en la primera literatura cristiana, los apolo­géticos de Tertuliano, Lactancio y Orígenes eran verda­deras defensas, como lo pide la etimología (opologuéomai), contra adversarios verdaderos, a los cuales se re­batía a veces verdemente, al mismo tiempo que se les proporcionaba noción somera, maguer fuese aproximada o metafórica, de los misterios cristianos por ellos mal en­tendidos. Esta suerte de apologética genuina y primitiva ha sido practicada en nuestros días durante casi todo el curso de su larga y fecunda vida por el magno periodista que fue G. K. Chesterton, por ejemplo, controversista genial, humoroso y amable, que se dio el quehacer de enseñar a sus paisanos el catecismo patas arriba, el ca­tecismo en negativo, es decir, a través de las gansadas suavemente jocosas que él atrapaba alegremente en los que no saben el catecismo… “What they don’t know”, como él decía. Esta es una de las dos grandes apologé­ticas genuinas que existen: la polémica acerada, cortés y mortal como un duelo, con adversarios existentes de igual categoría al apologeta. Su género es controversia. Llamémosla apologética aplicada o artística”.

Padre Castellani, “Sobre buena y mala apologética”, “Nueva crítica literaria”.
  
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