“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

sábado, 14 de diciembre de 2013

Cuentos perdidos por ahí


MI PRIMER ASESINATO

Enrique Méndez Calzada




Haría cosa de tres meses que el Banco me había trasladado a la sucursal de Tediosa. Una tarde, cuando entraba en la casa de pensión del viejo Quiroga y me dirigía a mi cuarto, me salió al encuentro un individuo.
¿Cómo está, Pérez? - me dijo.
Bien, muy bien. ¿Qué desea?
No sé si me recordará usted... Hemos sido presenta­dos en el baile de anteanoche, en lo de Fernández... Soy Olmedo.
¡Ah, sí, recuerdo! Tengo mucho gusto...
Gracias. Yo venía a invitarlo a pasar la noche en mi finca, un pequeño viñedo que tenemos a unas cuantas leguas de Tediosa. ¿Se anima a venir? Le aseguro que no lo pasará mal.
Opuse pretextos. Le dije que tenía que madrugar para ir al Banco; que, saliendo de la ciudad, me exponía a no llegar a tiempo a la oficina al día siguiente, y, en consecuencia, a que me descontasen unos pesos del sueIdo; que estaba rendido de trabajar todo el día... Fue inútil. Olmedo estaba dispuesto a salirse con la suya.
¡Pero, amigo Pérez, no va usted a hacerme un desaire! Por otra parte, se trata de un paseíto de media hora, a un paso de la ciudad, como quien dice... Venga usted.
Cedí. ¿Cómo iba a continuar resistiendo? En aquella oportunidad, como en otras muchas de mi vida, el haber leído el “Tratado de Urbanidad” de Carreño fue la causa de mi perdición.
Debo declarar, además, que en el fondo no me des­agradaba la perspectiva de pasar una noche en pleno campo. ¡Estaba tan cansado de la ciudad! En cierto modo, me resultaba satisfactorio libertarme por una noche de la tiranía de ir al cinematógrafo a ver idioteces y a salu­dar a las mismas chicas de todas las noches. “!Qué de­monio! - pensé, - vamos a echar una cana al aire!” ¡In­fortunado de mí! ¡Cuán lejos estaba de sospechar la cla­se de cana que iba a arrojar a los vientos!
Tengo aquí un coche. Suba - ordenó Olmedo. Yo acaté la orden del tirano.
Así que el coche arrancó hacia la estación, Olmedo me declaró que, en realidad, él había venido a invitar a Echegaray, un joven amigo suyo; que, no habiéndole encontrado, había buscado a Ortiz, otro de sus amigos; y, en fin, que no habiéndole hallado tampoco, se había acordado de mí.
Vamos, sí - pensé yo, - así es que soy plato de terce­ra mesa... Intenciones tuve de decirle una grosería y largarme del coche; pero, como siempre que en mi alma luchan el Espíritu de la Ira y el Espíritu de Carreño, aquella vez triunfó el Espíritu de Carreño. Apelando a toda mi presencia de ánimo, le di las gracias.
Llegados a la estación del ferrocarril, me vi en el caso de abonar el viaje del coche: Olmedo “no tenía suelto”. Lo mismo sucedió cuando hubo que pagar los billetes para el tren.
El viaje se hizo interminable. Era aquel un verdadero tren-carreta que no hacía más que parar en todas par­tes. Cuando no había estaciones, las inventaba por gus­to de fastidiar.
Ibamos solos en el coche. Es decir, iba también una vieja, inglesa al parecer, con dos chicuelas rubias, fla­cas, pecosas y nada lindas; lo cual, para el caso, era como si fuésemos solos. Las jovenzuelas en cuestión no se parecían en lo más mínimo a esas muchachas angelicales que ponen los ingleses en la portada de los “magazines”. Bien es cierto que, en la vida real, jamás he encontrado inglesas de carne y hueso que se parecie­sen a las inglesas editoriales. En cuanto a la vieja, cuya flacura era tan grande como las flacuras sumadas de aquellas que supuse sus hijas, era todo lo fea que pue­de ser una persona mayor de edad, con la fealdad ca­racterística de esas inglesas que se han pasado medio siglo comiendo “plum-pudding” y bebiendo té. Lo más saliente en ella era indudablemente la nuez, aquella nuez que le subía y bajaba por entre el sistema de cuerdas que tenía en el pescuezo, lo mismo que un ascensor manejado por un loco.
Ustedes se preguntarán por qué me fijé en todos es­tos detalles, y a santo de qué los refiero... Es que Olme­do, por lo visto, no era ningún “causseur”, y la conver­sación languideció pronto. Por mi parte, tampoco esta­ba muy locuaz. Me distraje, pues, observando.
En una estación compramos un diario. Digo “com­pramos” porque, aunque yo no lo leí, por lo menos lo pagué. Olmedo, naturalmente, “no tenía suelto”.
Al fin, en una de las paradas del tren oí decir al tirano:
Bueno, ya estamos...
Ya en el andén, sumergido en las tinieblas, busqué con la mirada algún asomo de vivienda humana, alguna luz... Nada; nada más que el claudicante farolillo a gas de la estación, y el rojo disco que ardía a la zaga del tren hundido ya en la sombra, semejante a la herida sangrienta de un can al que le hubieran cortado el rabo.
¡Ramón! ¡Ramón! - gritó el tirano. - ¡Ramóóón!
Y el eco, durante un rato, jugó a la pelota con aquel grito.
¡Acá estoy, niño! ¡Acá! - mugió la sombra.
Un caballo que sacudió la collera nos orientó. Trepa­mos así a una especie de tartana, en cuyo pescante se encontraba sentado el montón de ponchos y mantas que respondía al nombre de Ramón.
El bulto se movió, encendió los faroles del coche, cosa que antes no se le había ocurrido, por lo que se veía, esto es, por lo que no se veía; trepó a su asiento y arreó los caballejos, haciendo verdadero derroche de malas palabras.
El trayecto hasta la finca, me resultó más largo que el viaje en tren. Hasta llegar no cambiamos palabra. Hacía frío. El cielo se había cubierto de nubarrones negros y bajos. El horizonte se iluminaba de relámpagos, que brillaban de segundo en segundo.
Predisponía a la meditación, predisponía al silencio aquel triste viaje en plena noche, a lo largo del túnel interminable que formaba el ramaje de los inmensos álamos; oyendo deslizarse el agua de las acequias que bordeaban la senda; no viendo otra claridad, fuera del lejano chispazo de los relámpagos, que el reducido cír­culo luminoso proyectado sobre el camino desnivelado y polvoriento por los faroles de la tartana, como una agotada regadera de luz.
Cuando llegamos a la casa muy entrada la noche. Yo estaba entumecido de frío, muerto de hambre y sueño.
La casa era una vieja, viejísima construcción de ado­bes. Anchísimas paredes, hechas para desafiar a los tem­blores de tierra, frecuentes en la región. Los techos eran bajos, y para entrar había que descender varios escalo­nes, porque el piso estaba bajo nivel. Era como entrar a una cueva, era sumergirse en una espelunca.
¡Marquesa! ¡Marquesa! - clamó el tirano, asomándose a una puertecilla.
La tal Marquesa no era, como supuse en un princi­pio, linajuda dama de sangre azul; sino la cocinera de la casa, joven de buen ver y sangre indudablemente roja, de un rojo subido, a juzgar por el color de las regordetas mejillas de la moza. Parece que el uso de substanti­vo “marquesa” como nombre propio era común entre la gente pobre de aquellos contornos.
Durante la cena me expliqué el misterio de la ausen­cia de muebles: reemplazábanlos dos o tres alacenas empotradas en el mismo muro, con lo que fácilmente pasaban inadvertidas. La pared había entregado su vien­tre para que lo convirtieran en ropero, en vasar, en trin­chante.
Según Marquesa fue abriendo las alacenas, descubrí nutridas ringlas de tarros de dulce, frascos con frutas en conserva, latas con toda la apariencia de contener mer­melada, toda una batería de apetitosas provisiones.
Era ya bastante tarde, casi media noche, cuando to­mábamos el café, sentados frente a la chimenea, que mi tirano había hecho encender para la comida. Los gran­des leños de chañar se habían desmoronado en peque­ñas brasas.
Fue el momento que eligió el tirano para decirme:
Al invitarlo a pasar aquí la noche, además del deseo de que usted conociese esto, ha habido por mi parte un poco de egoísmo... Se me anunció hoy que una gavilla de ladrones ha preparado para esta noche un golpe de mano sobre esta casa, aprovechando la circunstancia de haberme quedado solo en ella, por ausencia de toda mi familia. Se lo digo para que esté sobre aviso. Afortunadamente, tenemos armas...
Todavía es un misterio para mí cómo no se me cayó de las manos la taza de café.
Nuevamente iluminó mi alma la enseñanza del maes­tro; nuevamente triunfó Carreño; nuevamente me creí en el caso de dar las gracias al tirano.
El cual había mandado apercibir, para reposo de mi quebrantada persona, una cama en el mismo cuarto que él ocupaba. Por desgracia, y aunque el sueño me vencía, pronto pude persuadirme de que Dios no quería que yo durmiese aquella noche. Olmedo, contrariando lo que yo conocía de sus costumbres, había dado en ser locuaz.
¿Conoce usted lo del crimen? - me preguntó.
¿De qué crimen? - respondí yo, medio adormilado, entreabriendo los párpados.
El crimen espantoso que se cometió hace muchos años en esta misma casa, antes de que la comprase mi abuelo. Aquí, en esta misma habitación, un hombre, un rico propietario, mató a su mujer y a sus tres hijos. ¿Sabe usted cómo los mató?
No, no sé. Ya le he dicho que es la primera noticia que tengo de ese hecho - contesté yo, que sólo desea­ba que aquel infame me dejase dormir.
Pues los mató a hachazos... A la mujer le partió el cráneo de un hachazo. A dos de los hijos, los desmayó primero a golpes, y luego les seccionó el cuello de un hachazo, con un corte de maestro. Al otro...
Por favor - me atreví a contestar - no continúe... Voy a tener pesadillas; voy a pasar una mala noche... Son demasiados hachazos...
Bien, no hablaré una palabra más al respecto.
Efectivamente, cumplió su promesa. Unos minutos después, rompía el silencio para decirme:
Hasta hace pocos años se veían aún en las paredes de este cuarto las manchas de sangre... Esta habitación estuvo clausurada mucho tiempo... Mi abuelo nunca quiso...
Esto fue lo que yo pude oírle; lo demás, si es que dijo algo más, se lo dijo a un tronco.
Porque - ¡loado sea Dios! - había conseguido dor­mirme.

* * *

¡Levántese, Pérez! ¡Levántese! ¡Ahí están!...
Con estas y otras expresiones no menos conminato­rias me despertó pocos instantes después el hombre que había hecho de mí su víctima; y, al mismo tiempo, me sacudía vigorosamente.
¿Qué hay? ¿Quién está? Que vuelvan en otro momento... Que vayan a la otra ventanilla... - dije yo con mal humor.
Es indudable que la última frase me la dictó mi prác­tica de viejo empleado de Banco.
Me levanté, en fin, medio dormido todavía. Olmedo empuñaba un revólver.
Sígame - ordenó. - Vamos a recorrer el viñedo.
La perspectiva no me resultaba halagadora, a media noche, en pleno invierno y con una colcha por todo abrigo. Esa indumentaria puede estar bien para presen­tarse en una escena de Ba-Ta-Clan, pero no para reco­rrer un viñedo en persecución de malhechores.
¿Tiene revólver? - me preguntó Olmedo.
Instintivamente eché mano a los bolsillos de la col­cha, la cual, como la mayor parte de las colchas no tenía bolsillos.
Bueno - me ordenó el tirano - ármese con lo que pueda.
Me armé de paciencia y de un paraguas que encon­tré en un rincón, y al cual sólo le faltaba la tela.
¿Y esa luz? - dije a Olmedo, señalando la ventana de un rancho o cosa así, contiguo al edificio principal. Efec­tivamente, la ventana estaba iluminada.
Es Marquesa, que le está enseñando a leer a Ramón. Se van a casar dentro de dos meses, y la muchacha dice que no quiere casarse con un analfabeto.
Aunque me pareció que ni aquellas horas ni aquel lugar eran los más apropiados para dedicarse a la ense­ñanza, me reservé el comentario para mi fuero interno. ¿Qué tenía que ver yo en el asunto, después de todo?
En el viñedo no se oía ruido alguno, ni se veía alma viviente. Bien es cierto que la noche estaba muy obscu­ra. Sólo cuando pasamos cerca de lo que podríamos llamar la escuela nocturna oímos un rumor como si efec­tivamente estuviesen deletreando. Aquello disipó de mi espíritu muchos recelos.
En esto un relámpago iluminó el viñedo.
A su luz vi con espanto que a distancia de unos cin­cuenta pasos había una forma humana.
¡El revólver, el revólver! ¡Deme el revólver! - susurré.
Olmedo me entregó el revólver y se hizo cargo del esqueleto de paraguas.
Aguardamos otro relámpago; y apenas el viñedo vol­vió a iluminarse con una luz pálida y verdosa, oprimí el gatillo. Disparé con la misma saña que si el blanco hu­biera sido Olmedo.
Alcancé a ver que el hombre abría los brazos para desplomarse. Supuse que se habría desplomado, por­que con ese objeto abren los brazos en cruz, general­mente, las personas que reciben un balazo.
Nos acostamos de nuevo. Excuso decir que en el resto de la noche no pegué los ojos. Durante varias terribles horas mi ocupación consistió en redactar men­talmente la carta que enviaría al gerente y a los compa­ñeros del Banco despidiéndome de ellos antes de que las autoridades policiales se hiciesen cargo de mi aloja­miento y manutención.


El espantapájaros que maté una vez en un viñedo, allá en Tediosa, no debe haber sufrido mucho, a conse­cuencia del balazo. Probablemente seguirá todavía pres­tando servicios.


Las personas que se propongan invitarme a pernoc­tar en algún establecimiento de campo deberán garanti­zarme previamente que no corro riesgo de presenciar robos, salteamientos ni otros hechos vandálicos de la misma índole.



Enrique Méndez Calzada, “Y volvió Jesús a Buenos Aires”, Bs. As., 1926.
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