“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

martes, 3 de diciembre de 2013

Los dos fósforos, por Robert Louis Stevenson




Una vez hubo un hombre que viajaba por los bosques de California, en la esta­ción de la sequía, cuando el viento soplaba fuerte. Había cabalgado mucho tiempo y estaba cansado y enojado, y se apeó del ca­ballo para fumar una pipa. Buscó en los bolsillos y vio que solo tenía dos fósforos. Raspó el primero y éste no se encendió.

—Lindo estado de cosas —dijo el viaje­ro—. Me muero por fumar y no me queda más que un fósforo, que tampoco podré en­cender. ¿Habrá en la tierra un ser más desdi­chado que yo? Sin embargo —pensó el via­jero—, tal vez pueda encender este fósforo y fumar mi pipa y tirar en el pasto la ceni­za. El pasto podría encenderse porque está seco como un leño y acabaría por prender fuego a ese roble que está a unos pasos y después a ese pino lleno de musgo que ar­dería hasta la copa, y la llama, esa larga antorcha, sería blandida por el viento y arrasaría todo el bosque. Oiré el rugir del viento y del fuego y tendré que espolear mi caballo para salvarme de la muerte y el in­cendio me perseguirá por los montes. Veré este grato bosque ardiendo día tras día y la hacienda calcinada y los arroyos secos y los granjeros arruinados y los niños sin ho­gar. ¡Qué terrible destino el de este momento!

Raspó el segundo fósforo, que tampoco encendió.


—Loado sea Dios —dijo el viajero, y guardó la pipa en el bolsillo.

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