“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

miércoles, 29 de octubre de 2014

Cuentos perdidos por ahí


DOS CONSULTAS EN LA CALLE
Juan Carlos Moreno






Una larga ovación resonó en la sala del teatro cuando el padre Eudosio dio término a su confe­rencia y se retiró recatadamente del escenario. Di­versas reacciones habían producido, empero, sus palabras entre el nutridísimo auditorio que había acudido, atraído por su fama. Los ojos de algunos brillaban por el entusiasmo; los de otros, en cam­bio, parecían extrañados o tal vez contrariados. El buen observador hubiera podido advertir que las exclamaciones casi frenéticas habían partido de los sectores juveniles; mientras que los aplausos débiles, como obligados, provenían de algunos palcos y plateas delanteras, ocupados por gente madu­ra y aburguesada, como si ésta no estuviera satis­fecha de las conclusiones a que había arribado el conferenciante.
Era éste, seguramente, el más discutido discurso pronunciado por el padre Eudosio en un gran local céntrico, a donde había sido invitado a hablar por un instituto de caridad, que destinaba el producto de las entradas al sostén de sus obras. El tema había versado acerca de la interpretación genuina del Evangelio frente al mundo moderno, que el orador había encarado en forma sorprendente.
La enorme concurrencia fue abandonando lentamente el teatro en medio de los más contradictorios comentarios. Muchos permanecieron en el vestíbulo con ánimo de aguardar al padre Eudosio para felicitarlo; pero se vieron defraudados, porque el benedictino, por huir de las demostraciones, había salido por una puertecita lateral. Saludó a los que allí estaban y tomó en seguida la vereda bullente, acompañado, a pesar de todo, por jóvenes que llevaban en la solapa el distintivo de la Acción Católica.
-Padre Eudosio — díjole uno de los jóvenes:— aquí tengo mi coche y se lo ofrezco para llevarlo.


-Muchas gracias, hijo: tomaré el subterráneo.
-Si usted me permite, lo llevaré hasta el convento. Ya es muy tarde.
En efecto, había cerrado la noche. El sacerdote miró con simpatía al joven, vestido con elegancia, y tomándole amistosamente por el brazo, le dijo sonriendo:

—Acabo de predicar la vida heroica y la pobreza. Debo dar ejemplo. Aparte de eso, es bueno usar de las herramientas naturales que Dios nos ha proporcionado para trasladarnos.
-Bien, padre; no insistiré —respondió el joven, apenado y confuso.— Es que también deseábamos hacerle algunas consultas a propósito de lo que usted dijo en su conferencia.
—Estoy a la disposición de ustedes. Si no tienen inconvenientes, podemos hablar mientras caminamos.
Echaron a andar lentamente el monje y los dos jóvenes por las céntricas arterias, ardientes de tráfago y de luces. El lugar y la hora no eran los más propicios para conversaciones espirituales; pero el padre Eudosio comprendía perfectamente que a tiempos nuevos corresponden formas nuevas y recordaba la recomendación paulina de enseñar oportuna e inoportunamente.
—Sus palabras me han impresionado mucho, padre —expresó el otro joven, que hasta entonces había permanecido en silencio.— Ya lo había escuchado otras veces; pero hoy, como nunca, llegó usted a lo más vivo de mi ser. Ha explicado usted la doctrina en una forma que no estamos acostumbrados a oírla. Estoy seguro que a muchos les habrá dado una sorpresa. Por poco ha condenado usted en vida a los que poseen grandes fortunas.
—Ya sabe usted cuán difícil es, según Jesús, que un rico entre en el reino de los cielos.
—Y ha exaltado demasiado, a mi parecer, a los pobres y a los despreciados.
—Para ellos están destinadas todas las bienaventuranzas, hijo.
—Acepto lo que usted dice, padre, porque reconozco su autoridad. Pero nosotros queríamos que usted nos aclarara, para nuestra mejor comprensión, algunas frases avanzadas. Usted dio a entender que la cultura y el progreso modernos carecen de mérito. Dijo también que vivimos engañados en la manera de practicar nuestras costumbres y nuestras devociones. Mucho ruido, mucho movimiento, dijo usted, y muy poca vida cristiana. . . Este es el aspecto que más me interesa como miembro de la Acción Católica.
-Perdóneme, padre —añadió el joven del automóvil. Usted ha vertido algunos conceptos revolucionarios. Usted ha echado por tierra, como conquistas sin valor, nuestra civilización, el estudio y las profesiones, y hasta ha censurado a los que se esfuerzan por alcanzar un brillante porvenir en la sociedad. Este año me recibiré de ingeniero civil... ¿He perdido lastimosamente el tiempo? Mi padre es arquitecto y su mayor orgullo lo cifra en haber levantado un rascacielo de quince pisos. . . ¿Ha cometido un grave error? Esto es lo que no comprendo. Sus palabras me han perturbado el espíritu y me han llenado de dudas.
Detuviéronse los tres un instante en la esquina aguardando a que desfilara el tránsito de turno, y el padre Eudosio habló entonces con lentitud y gravedad:
-Me sería sumamente fácil tranquilizar su connciencia, hijo, y no procedería mal si así lo hiciera. El uso de los bienes lícitos en la vida moderna, sin el abandono de las leyes divinas, es más plausible que indiferente. Pero no sería necesario que yo hablara en público para recomendar a los católicos que se mantengan tranquilos en sus actuales ideas y costumbres. Yo quiero que los buenos salgan por encima de esa vulgar e infructífera medianía en que viven. Yo amo y deseo que amen las cosas heroicas y abnegadas. Si debo hablar y no perder el tiempo de mi ministerio, es menester que predique la doctrina de Cristo como Él quiere que sea predicada. La doctrina de Cristo es contraria al mundo. Él vino a traer la duda y la contradicción; es evidente: su reino pertenece a otro mundo. Cristo no se conforma con el siglo, sino que lucha contra el siglo. Cristo desea el combate permanente del hombre, mientras éste resida en el mundo. He aquí la explicación de la existencia del Bien y del Mal. Si no existiera el Mal, no resaltaría el Bien. Si todo estuviera dentro del Bien, no habría lucha, y, por consiguiente, no habría méritos. Cristo quiere que peleemos y venzamos. Lo que se consigue sin esfuerzo, carece de mérito, por bueno que parezca. Los aplausos del mundo, el éxito dentro del mundo, van contra la finalidad superior de esta lucha decisiva. Por eso, si bien mis conferencias son aplaudidas, trato de huir de ese ruido vano que entorpecerá mi obra ministerial. No busco mi gloria, sino la gloria de Cristo. Si la merezco, Él me dará después parte de su gloria. La gloria de Cristo se conquista enseñando el sentido auténtico de la doctrina de Cristo y practicando esa doctrina, que es de combates, de mortificaciones y de renunciamientos.
En tanto que así hablaban habían cruzado la calzada y llegado hasta la boca del subterráneo de la Diagonal Norte, casi sin advertirlo, atraídos los dos jóvenes por la rara sugestión que impregnaban las palabras del benedictino.
-Pienso, padre, que con ese criterio voy a sacar poco provecho en el ejercicio de mi profesión -dijo el estudiante de ingeniería.
-¿Aspira usted a ser algo más que un ingeniero brillante, algo más que un hombre afortunado en el mundo?
-Si fuera posible, naturalmente. . .
-Eso deseo yo también. Hay demasiados profesionales brillantes y la Iglesia no aprovecha nada con ellos. Cristo no ve aumentada su gloria con la gloria particular de los católicos. El católico que gana fama para sí mismo, se la quita a Cristo; el que se enriquece, empobrece a Cristo; el que se huelga en las comodidades y placeres, trae a Cristo la incomodidad y el sufrimiento. Si usted estudia para ostentar un título y ganar dinero exclusivamente, carecerá de méritos sobrenaturales. Si lo hace con miras más elevadas, como medio para emplear su influencia en el triunfo de la Iglesia, alcanzará esos méritos. Dios mide las intenciones y premia, según el tamaño del esfuerzo empleado. Yo no puedo alabar, mi estimado joven, el enorme edificio que ha levantado su padre. Si hemos de reconocer el bien de una obra por sus resultados, veremos que los resultados de los rascacielos son nocivos para la sociedad. Es una conquista del mundo que es, al propio tiempo, un entorpecimiento para conquistar el cielo. Los departamentos de esos grandes edificios, confortables, pero calculados y estrechos, fomentan la molicie y la concupiscencia, e invitan a la formación de hogares sin hijos. Reducen el aire y el lugar de convivencia, obligando a sus moradores a salir a la calle, y constriñen, al mismo tiempo, el espacio que se requiere para mirar con agrado las cosas del cielo y del alma. El rascacielo es, sin duda, una obra admirable, pero sus consecuencias sociales son contrarias, al espíritu.
El rostro del hijo del arquitecto manifestaba pena y alteración, y como en ese momento se disponían a descender la escalinata del subterráneo, se apresuró a tender la mano al sacerdote:
—Voy a regresar, padre; he dejado mi coche frente al teatro. Mucho gusto. Adiós.
Despidióse también de su amigo, el cual descendió con el padre Eudosio, y ambos tomaron asiento en el convoy que llegaba.
—¿Es muy rico su amigo? —preguntó el monje a su acompañante.
—Sí, padre.
—Se ha ido triste, como el joven rico del Evangelio. Se ha turbado su espíritu, es cierto, porque es sincero. Pero esto no le hará mal: será una inquietud siempre útil para su alma.
-Es inteligente y buen católico; pero el ambiente en que vive le obliga a defender ciertos puntos de vista que no son enteramente justos. Cuando tratamos de temas sociales se inclina demasiado a favor de las clases patronales. Le confieso, padre, que yo estoy de acuerdo con su modo de ver, y siento que su interpretación del Evangelio es ortodoxa. A mí me agradan las interpretaciones extremas.
-Está correctamente empleada la palabra, si está orientada hacia el bien. En ese sentido, Jesús fue extremista, porque llevaba hasta el extremo la solución de los problemas humanos y divinos. Jesús no predicó el término medio, que es la doctrina de las medianías. Los santos y los héroes han sido seres que se han apartado de los demás hombres en la forma de proceder. Fueron más allá de donde se atrevían a ir los demás. El que quiere seguir a Jesús no solamente debe dejar a sus padres y hermanos, sino a su esposa e hijos; más: debe despojarse de todas sus riquezas; más todavía: debe negarse a sí mismo. La negación de sí mismo, abandonando la propia voluntad en manos de Dios, lleva a la perfección. ¿Y quién se niega hoy a sí mismo? Pues si nadie se niega hoy a sí mismo, yo, al ir contra el mundo, me coloco del lado de Jesús.
-¡Padre! exclamó entusiasmado el joven.—¡Yo amo la doctrina de Jesús! ¡Es tan hermosa, tan. . . incomprensible!
—Ciertamente es incomprensible; pero, ¿usted la comprende? —preguntó el monje mirando con fijeza e interés la faz del joven que espontáneamente se había prestado a acompañarle.
—Sí, padre: la comprendo —respondió éste con las pupilas alegres y expresivas.
—Bienaventurados los que comprenden lo incomprensible, los que descubren lo que permanece oculto a los ojos del mundo —musitó quedamente el padre Eudosio.
—¡Yo amo el Evangelio! —repitió el joven con viveza. —¡Es lo único que satisface a mi alma! Sólo allí he encontrado la explicación justa de todos los misterios de la vida, la razón de ser de muchas cosas extrañas.— Añadió en voz baja, temblorosa: —A veces he pensado, padre, que tal vez Dios quiere llamarme a la vida religiosa.
El padre Eudosio no se volvió esta vez para ver al que así le hablaba, comprendiendo que aquella confesión había sido el objeto principal que lo había movido a acompañarle; y bendijo al Señor.
—Sin embargo, sus palabras de hoy me han desconcertado —añadió el joven. —Yo he soñado alguna vez que podría llegar a ser un orador sagrado erudito, que conmoviera y admirara a mis oyentes con la elocuencia de mis palabras; y, además, no lo niego, en ese caso me agradaría mucho que me aplaudiesen. No me asustan los votos de pobreza ni de castidad, aun cuando sé lo que cuesta guardar este último; pero me parece que me sería más difícil someterme a la obediencia. Me gusta disponer de toda mi libertad.
-¡Hijo mío: todavía no está madura su vocación! —díjole seriamente el padre Eudosio. —Veo que es necesario que lo piense todavía con más tiempo y calma; que lo rumie con Dios. No debe tomarse la carrera eclesiástica para deslumbrar a Ios feligreses con brillantes discursos. Eso va contra la humildad, que es una virtud principal. El sacerdote debe ser un instrumento dócil en las manos de Dios. Si Él le da a usted talento y luces, debe usted emplearlos como cosas de Él, y para gloria de Él, debiendo usted desaparecer. Porque la soberbia se puede apoderar de nosotros y cegarnos y perdernos. Así se explica que los santos, aunque fueron, contra su voluntad, muy celebrados, huyeron siempre de las alabanzas. En cuanto a la obediencia, ésta es una virtud tan grande y tan preciosa, que sólo se llega a apreciarla debidamente cuando uno se somete voluntariamente a ella.
—Usted pide poco menos que uno se parezca a San Francisco de Asís.
—Exactamente. San Francisco, por su parte, no deseaba ser como San Francisco, sino como Jesús. Cuanto más alto es el modelo que se desea imitar, más se sube. Aunque Jesús sabía que no podríamos llegar a ese grado, Él nos pidió que fuésemos perfectos como su Padre celestial.
—Sus palabras, padre, me alarman un poco, verdad; pero me convencen, porque son fuertes, vivas...
—Evangélicas.
—Están en armonía con la fuerza convincente del Evangelio. Preveo que tendré que modificar bastante mi modo de considerar algunas cosas. Yo le daba demasiada importancia al hombre, aun al religioso, con el dominio de su libertad y de su elocuencia.
—Es un residuo del diabólico liberalismo, hijo mío. La libertad reside en la verdad, y la verdad es la palabra de Cristo. No hay más perfecta libertad que el sometimiento completo a la ley de Cristo. Hijo mío: yo hubiera podido condescender y acomodarme con los gustos del mundo. Hubiera podido complacer el criterio del joven que me ofreció su automóvil. No quiero, sin embargo, transar con el siglo, porque eso no es lo más perfecto. Ya encontrará, por otra parte, ese joven quien le dé conformidad a su parecer. La verdad de Cristo es sencilla; pero está como escondida, porque la sencillez no es virtud mundana. Cristo no nos pide que poseamos una vasta formación filosófica, ni que pronunciemos bellos discursos, ni que nos destaquemos por nuestras artes ni por nuestras ciencias. Cristo nos pide caridad, perdón y sometimiento. Quiere que amemos más abnegadamente a Dios y que amemos más sinceramente al prójimo. No nos recomendó que escribiéramos ingeniosos libros, sino que alimentáramos al hambriento y vistiéramos al desnudo; no nos recomendó que nos anotáramos en muchas sociedades y conquistáramos renombre, sino que fuésemos misericordiosos y atendiésemos a los enfermos; no nos recomendó que hiciéramos hermosas viviendas y vistiéramos finas telas, sino que amáramos la pobreza y renunciáramos a los halagos de la carne. Cristo es el más bello, el más rico, el más poderoso de los hombres. Sin embargo, se hizo el más sufrido, el más pobre, el más humilde. Si nosotros nos pareciéramos a Cristo, Él nos dará parte de su gloria, que es sin comparación muy superior a la gloria del mundo. ¿Qué aspiración mayor puede haber, pues, en la tierra que imitarlo?
El padre Eudosio y el joven habían llegado a la estación de Palermo, que ascendieron, para tomar un tranvía que cruzaba cerca del convento, hasta donde fueron discurriendo sobre la vocación y el sentido evangélico. Al despedirse ambos en la portería, dijo el joven con voz de imploración:
- Le ruego, padre, me deje volver a verlo otra vez. Hoy he sentido una conmoción muy fuerte en mis entrañas. Deseo reflexionar un poco antes y conversar de nuevo con usted, más íntimamente, sobre temas divinos, que cada vez se apoderan de mí con mayor fuerza.
—Querido hijo mío —díjole paternalmente, con gran afecto, el padre Eudosio: —rece y medite durante esta semana y venga en la otra. Me parece que el Señor lo quiere a usted con especial predilección.

* * *

Antes de acostarse, ya en su celda, el padre Eudosio escribió el siguiente apunte para su Tratado de la conversión:
“El alejamiento de la muchedumbre tiene la virtud, por designio celestial, de atraer las almas que han menester de consejo para la conversión. Esta puede tener dos grados: la del mundano que acepta la doctrina cristiana, y la del cristiano que, aspirando a mayor perfección, desea seguir más fielmente a Cristo.
“Pienso que el joven rico del Evangelio, ejemplo que se repite en la sociedad contemporánea, no se ha perdido, porque amaba la virtud; pero la experiencia me confirma cada vez más cuán difícil es la salvación del rico, si no usa de sus bienes como administrador, por dos razones: primera, porque las riquezas y los halagos que ella trae consigo traban el alma para llegar a la perfecta conversión; segunda, porque la retención de esos bienes equivale a la privación de su uso por las clases necesitadas, según el plan divino.
“El corazón sencillo e incontaminado acepta pronto la palabra de Dios; pero es menester que ésta sea expuesta con la fuerza genuina que conserva el texto evangélico para que produzca la conversión con gran eficacia”.


De Los casos del Padre Eudosio, Club de Lectores, Bs. As., 1945.
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