“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

lunes, 20 de octubre de 2014

Cuentos perdidos por ahí

EJEMPLO XXVIII
                                                           
De lo que aconteció a don Lorenzo Suárez Gallinato
 cuando descabezó al capellán renegado

Don Juan Manuel

EL CONDE LUCANOR






El conde hablaba un día con Patronio, su consejero, de esta manera:

-Patronio, un hombre vino a mí para ofrecerme sus servicios, y aunque yo sé que es buen hombre, algunos me dicen que ha hecho algunas cosas sin razón, y por el buen entendimiento que tenéis os ruego que me aconsejéis qué hacer en este caso.

-Señor conde Lucanor -dijo Patronio-, para que hagáis en esto lo que yo pienso que más os conviene, me agradaría que supieses lo que acaeció a don Lorenzo Suárez Gallinato.

El conde le preguntó cómo había sido aquello.

-Señor conde Lucanor -dijo Patronio-, don Lorenzo Suárez Gallinato vivía con el rey de Granada y vivió con él allá en su reino mucho tiempo. Después que plugo a Dios que el rey don Fernando le concediese el perdón, preguntóle un día el rey, que pues tanto enojo había causado a Dios ayudando a los moros contra los cristianos, si pensaba que Dios le concedería la merced de que no perdiese el alma. Don Lorenzo Suárez le respodió que nunca había hecho nada porque debiera pensar que Dios no le tendría merced, sino el haber matado cierta vez a un clérigo de misa. El rey don Fernando tuvo esto por muy extraño y le preguntó que cómo podía ser eso.

El le contestó que cuando vivía con el rey de Granada, aquel rey confiaba mucho en él y era guarda mayor de su cuerpo. Yendo un día con el rey cabalgando por la villa, oyó ruido de hom­bres que daban voces y como él era su guarda, espoleó el caballo, llegó a donde hacían el ruido y allí encontró a un clérigo que estaba revestido. Y debéis saber que este mal clérigo había sido cristiano y se había tornado moro. Sucedió que un día, por agradar a los moros, les dijo que si ellos quisiesen les daría aquel Dios en que los cristianos creían y confiaban. Los moros le roga­ron que se los diese; entonces el clérigo traidor y falso hizo hacer unas vestimentas y un altar, dijo la misa y consagró la hostia. Y después que fue consagrada se la dio a los moros. Ellos andaban arrastrándola por el lodo y haciendo muchos es­carnios de ella. Cuando don Lorenzo Suárez vio esto, aunque vivía con los moros, acordándose que era cristiano y creyendo verdaderamente que aquél era el cuerpo de Dios, y pues Jesucristo muriera por redimir a los pecadores, mucha ven­tura sería para él si muriese por vengarlo y sacar­lo de aquella deshonra que aquella falsa gente le hacía. Cuando esto hubo pensado, con el gran placer y pesar que tenía, se fue hacia el traidor clérigo renegado que tan gran traición hiciera y Ie cortó la cabeza.

Se apeó don Lorenzo Suárez Gallinato del caballo, se hincó de hinojos en el suelo y adoró el cuerpo de Dios que los moros llevaban arrastrando por el fango. Luego la hostia, que estaba alejada de él, dio un salto desde el lodo y cayó en su falda. Cuando los moros vieron esto, tuvieron muy gran pesar y echaron mano a las espadas. Con ellas y palos y piedras vinieron todos contra don Lorenzo Suárez para matarlo; él echó mano a la espada con que descabezara al mal clérigo y empezó a defenderse.

Cuando el rey moro oyó este alboroto y vio que querían matar a don Lorenzo Suárez, mandó que nadie le hiciese daño y preguntó qué era aquello. Los moros, que estaban muy resentidos y embravecidos, dijeron al rey lo que había sucedido. Esto le lastimó y dolió mucho y muy sañudamente preguntó a don Lorenzo Suárez por qué había hecho aquello sin su mandato. Don Lorenzo Suárez le dijo que bien sabía que él no era de su ley, que era cristiano, y que sabiendo esto, confiaba a él su cuerpo, pensando que era leal y que por temor a la muerte no dejaría de cuidarlo. Y pues si por tan leal le tenía que pensaba que haría esto por él, que era moro, pensase en que si era leal, qué debería hacer siendo cristiano por guardar el cuerpo de Dios que es Rey de los reyes y Señor de los señores. Que si por esto le mandase matar, nunca vería mejor día.

Cuando el rey lo oyó, le agradó mucho lo que don Lorenzo Suárez hiciera y lo apreció mucho más de aquel día en adelante.

Y vos, señor conde Lucanor, si sabéis que aquel hombre que viene a ponerse bajo vuestro amparo es buen hombre en sí y podéis fiar en él, en cuanto a que os dicen que hizo algunas cosas desaguisadas, no lo debéis por eso alejar de vuestra compañía; pues acaso aquello que los hombres piensan que fue sin razón, no lo vieron ni fue así. Del mismo modo que pensó el rey don Fernando de don Lorenzo Suárez, que había cometido una sinrazón al matar a un clérigo, hasta que supo la razón de ello. Así podemos decir que don Lorenzo Suárez hizo la mejor hazaña del mundo. Mas si supieseis que lo que él hizo está mal hecho, haréis bien en no quererlo en vuestra compañía.

Al conde le agradó mucho lo que Patronio le dijo, hízolo así, y se halló bien.

Y entendió don Juan que este ejemplo era muy bueno y mandolo escribir en este libro e hizo estos versos que dicen así:


Muchas cosas parecen sin razón;
cuando el hombre bien las sabe, en sí buenas son.

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