“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

miércoles, 18 de mayo de 2016

¡Cuidado con los rateros!






Julio Camba
“etc., etc.”, Editorial Plus-Ultra, Madrid


Cuando el moderno ratero internacional quiere trabajar en medio de una muchedumbre cual­quiera, lo primero que hace es colocar en sitio bien visible un letrero que diga: «¡Cuidado con los rateros!». Instintivamente, todo el que lleve consigo algo de valor—reloj, cartera, portamonedas o alfiler de corbata—se lo palpa con mayor o menor disimulo al ver la advertencia, y el ratero, entonces, ya sabe a qué atenerse respecto a sus posibles víctimas.

-Aquel lechuguino que está en primer término —se dice el concienzudo profesional— tiene muchas pretensiones, pero, seguramente, no lleva encima ni para tabaco. El gordo de la derecha, en cambio, se muestra muy inquieto y no hace más que acariciarse el bolsillo trasero del pantalón. No perdamos el tiempo y caigamos sobre él...

Los modernos rateros internacionales son unos grandes psicólogos. Quizá hayan seguido algún curso de Psicología práctica en esas Universidades donde se enseña de todo, o quizá un buen día, pillando desprevenido a algún ilustre profesor, le hayan extraído la psicología del bolsillo, así como hubieran podido extraerle la cartera; pero esto es lo de menos. Lo importante es que, por esos mundos de Dios, los rateros trabajan siempre con arreglo a los últimos adelantos de la psico­logía experimental, y que, cuando uno piensa en el método, estrictamente científico, con que podría ser despojado en otros países de su reloj o de su portamonedas, no le quedan ganas ningunas de dejarse arrebatar estas prendas en el suyo por unos profesionales que, pese a toda su habilidad manual, están todavía en la infancia del arte...

¡Cuidado con los rateros!... La advertencia, como ve el lector, no suele ser tan desinteresada ni tan generosa como parece a primera vista. Generalmente, claro está, es la Policía quien la hace, pero algunas veces la hacen los propios rateros, convencidos de que si el público ignora su presencia no tomará ninguna medida para li­brarse de ellos, y de que si el público no toma ninguna medida para librarse de ellos, tendrá muchísimas más probabilidades de librarse que si toma alguna. A esta convicción, tan poco hala­güeña para todos los que en unas ocasiones o en otras formamos parte de ese monstruo social que se llama el público, les llevó su profundo conoci­miento del alma colectiva. Como digo, el ratero moderno es un psicólogo, y, especializado en la psicología de las muchedumbres, sabe que éstas hacen casi siempre, exactamente, lo contrario de lo que deben hacer.


Rústica y actual moraleja:

Hay quien sale a gritar
“¡Cuidado con el ratero!”,
vestido de mosquetero,
o de cura colosal.
Cuidado con escuchar
agitadores alpedo,
el zorro acecha el gallinero
simulando la piedad.
No hay que dejarse embaucar
por spots de macaneo
de quien no es un hornero
sino ave de rapiñar.
Haciendo mentira de la verdad
dan alarmas cual bomberos
con farisaicos blogueros
mientras hurtan fe y paz.
Hay mucho que rezar
permaneciendo despiertos,
pues serpea en todo huerto
quien te acosa el calcañar.

   
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