“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

lunes, 5 de enero de 2015

Sobre la Modernidad – Nicolás Gómez Dávila




El Progreso imbeciliza al progresista, lo vuelve incapaz de ver la imbecilidad del progreso.


La vida del moderno se mueve entre dos polos; negocio y coito.


El moderno no tiene vida interior: apenas conflictos internos.


El moderno conoce cada día más al mundo y menos al hombre.


El peso de este mundo sólo se puede soportar postrado de hinojos.


El moderno ignora la positividad del silencio. Ignora que son muchas las cosas de las cuales no se puede hablar sin deformarlas automáticamente.


Al hombre moderno no lo mueven ni el amor ni el hambre, sino la lujuria y la gula.



El mundo moderno es menos creación de la técnica que de la codicia.


Ideario del hombre moderno: comprar el mayor número de objetos; hacer el mayor número de viajes; copular el mayor número de veces.


La mentalidad moderna es hija del orgullo humano inflado por la propaganda comercial.


La palabra "moderno" ya no tiene prestigio automático sino entre tontos.


La sociedad moderna no aventaja las sociedades pretéritas sino en dos casos: la vulgaridad y la técnica.


No entiendo cómo se puede ser izquierdista en el mundo moderno, donde todo el mundo es más o menos de izquierda.


Cupo a la era moderna el privilegio de corromper a los humildes.


La profesión convierte el individuo en utensilio social.


El moderno llama "cambio" caminar más rápidamente por el mismo camino en la misma dirección. El mundo en los últimos 300 años, no ha cambiado sino en ese sentido. La simple propuesta de un verdadero cambio escandaliza y aterra al moderno.


El mundo moderno no tiene más solución que el juicio final. Que cierren esto.


En la época moderna hay que optar entre opiniones anacrónicas y opiniones viles.


Los evangelios y el manifiesto comunista palidecen; el futuro del mundo está en poder de la Coca-Cola y la pornografía.


La diferencia entre medioevo y mundo moderno es clara: en el medioevo la estructura es sana y apenas ciertas coyunturas fueron defectuosas; en el mundo moderno, ciertas coyunturas han sido sanas, pero la estructura es defectuosa.


La palabra "progreso" designa una acumulación creciente de técnicas eficaces y de opiniones obtusas.


El moderno cree vivir en un pluralismo de opiniones, cuando lo que impera es una unanimidad asfixiante.


El moderno cree que la muerte es "natural", salvo cuando le toca morir.


Cada día resulta más fácil saber lo que debemos despreciar: lo que el moderno admira y el periodista elogia.


Contra la evacuación moderna del misterio afirmemos su presencia en englobante.


Ya vislumbramos la mezcla de prostíbulo, ergástulo y circo que será el universo del mañana, si el hombre no reconstruye un universo medieval.


El hombre habrá construido un mundo a imagen y semejanza del infierno cuando habite en un medio totalmente fabricado con sus manos.


La prensa aporta al ciudadano moderno el embrutecimiento matutino, la radio su embrutecimiento meridiano, la televisión su embrutecimiento vespertino.


Cuando el motivo de una decisión no es económico, el moderno se asombra y se asusta.


Los errores del hombre moderno serían más perdonables si no los repitiera cada vez con superioridad satisfecha.


La tierra no será nunca un paraíso, pero quizás se pudiera evitar que siga aproximándose a una imitación cursi del infierno.


El infierno destinó dos diablos distintos para tentar alternativamente al hombre moderno: un diablo malo y un diablo bobo.


Para huir de esta cárcel hay que aprender a no pactar con sus indiscutibles comodidades.


El que se enorgullece de este siglo ignora la historia.


La opresión comienza, según el moderno, donde se prohíbe alguna inmundicia.


En el mundo moderno no se enfrentan ideas contrarias sino meros candidatos a la posesión de los mismos bienes.


El que no husmea azufre en el mundo moderno carece de olfato.


El moderno se ingenia con astucia para no presentar su teología directamente, sino mediante nociones profanas que la impliquen.
Evita anunciarle al hombre su divinidad, pero le propone metas que sólo un dios alcanzaría o bien proclama que la esencia humana tiene derechos que la suponen divina.


Aun cuando el pecado colabora a la construcción de toda sociedad la sociedad moderna es la hija predilecta de los pecados capitales.


Dios es el estorbo del hombre moderno.


Alegrarse malévolamente con los descalabros de la sociedad moderna no es gozar de las humillaciones del hombre. Es aplaudir los fracasos de la voluntad siniestra que lo mueve.


Quien profesó opiniones que nuestros contemporáneos no desprecian debe avergonzarse.


La sabiduría de este siglo se reduce observar el mundo con la mirada amarga y sucia de un adolescente depravado.


Como soportar este mundo moderno, si no oyéramos ya un lejano rumor de agonía.


Las reivindicaciones libertarias del ciudadano moderno se limita a reclamar el derecho de copular sin trabas en el ergástulo donde lo encierran.


El mundo moderno nos exige que aprobemos lo que ni siquiera debería atreverse a pedir que toleráramos.


La más ominosa de las perversiones modernas es la vergüenza de parecer ingenuos si no coqueteamos con el mal.


El moderno cree firmemente que sólo lo inmundo es auténtico.


Ser auténticamente moderno es, en cualquier siglo, indicio de mediocridad.


Descubrir la faz de Cristo en el rostro del hombre moderno, requieren más que un acto de fe, un acto de credulidad.


La tolerancia consiste en una firme decisión de permitir que insulten todo lo que pretendemos querer y respetar, siempre que no amenacen nuestras comodidades materiales. El hombre moderno, liberal, demócrata, progresista, siempre que no le pisen los callos, tolera que le empuerquen el alma.


La civilización moderna se estaría suicidando, si verdaderamente estuviera logrando educar al hombre.


"Renunciar al mundo" deja de ser hazaña para volverse tentación, a medida que el progreso progresa.


La sociedad moderna está aboliendo la prostitución mediante la promiscuidad.


Llámase mentalidad moderna al proceso de exculpación de los pecados capitales.


El escritor moderno, con su devoción al hombre y su fe en la humanidad no logra pintar sino escenas sórdidas.


Las estupideces modernas son más irritantes que las antiguas, porque sus prosélitos pretenden justificarlas en nombre de la razón.


La ausencia de vida contemplativa convierte la vida activa de una sociedad en tumulto de ratas pestilentes.


Las sociedades moribundas acumulan leyes como los moribundos remedios.


La sociedad moderna sólo respeta la ciencia como proveedora inagotable de sus codicias.


El mundo moderno no será castigado. Es el castigo.


Si la industria moderna no ha logrado aún fabricar cuerpos, ya logró, en contra, fabricar almas.


El erotismo es el recurso rabioso de las almas y de los tiempos que agonizan.


El mundo moderno descubre el secreto de degradar aún lo sórdido.


Cuando la conciencia moderna suspende sus rutinas económicas sólo oscila entre la angustia política y la obsesión sexual.


Sólo conspiran eficazmente contra el mundo actual los que propagan en secreto la admiración de la belleza.


La mentalidad moderna no aprueba sino un cristianismo que se reniegue a sí mismo.


La adaptación al mundo moderno exige la esclerosis de la sensibilidad y el envilecimiento del carácter.


En lugar de humanizar la técnica el moderno prefiere tecnificar al hombre.


En el siglo pasado pudieron temer que las ideas modernas fuesen a tener razón hoy vemos que sólo iban a ganar.


Después de hospedarse en una mente norteamericana las ideas quedan sabiendo Coca-Cola.


La mentalidad moderna no concibe que se pueda imponer orden sin recurrir a reglamentos de policía.




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