“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

sábado, 30 de abril de 2016

Cuentos perdidos por ahí


LOS REYES SON DE VERDAD
Antonio Macía Serrano

 

Entre los verdes tímidos que anunciaban una pro­metedora primavera, blanqueaba una casita. El campo parecía inmenso bajo el fanal azul del cielo. Ni un dis­paro quebraba la paz en las improvisadas trincheras. Los soldados comentaban aquella calma.
—Es que ni chistan.
—Tienen miedo a que empiece el avance.
— ¡Y con las ganas que yo tengo de que vuelva a empezar!
—Pero, ¡hombre!, Pedro, ¿cómo dices eso?
—¿No sería mejor que se rindieran?
—Si fuera ahora mismo, sí. Si no... Mira, Juan, ¿tú ves aquella casa allá, junto al repecho por el que sube una senda?...
Pedro no pudo acabar. Juan, el cabo de la escua­dra, tiró de él bruscamente, diciéndole, gritándole:
— ¡Pero, vamos, hombre, tú estás chalado! ¡Túm­bate, que te van a dar!
En el suelo y mirando al frente, señalándole con su brazo extendido y el índice como una flecha; los ojos húmedos y la boca seca, continuó:
—¿Tú ves aquella casa?
—Claro que sí. Con estos ojos.
—Aquella casa es la mía. De allí pude escapar y pa­sarme a este lado, al de España. Allí quedaron mi mu­jer, los abuelos y mi hijo, un niño de seis años. ¡Más de dos años sin verle! ¡Ya será casi un hombre! ¿Y qué habrá sido de ellos?
Un breve silencio cortó el diálogo, llevándose el hondo respirar del soldado.
—No les habrá pasado nada. Y, desde luego, no es­tarán ahí, se habrán ido para la retaguardia.
—Eso si que no —interrumpió Pedro—. Al abuelo no hay quien lo arranque de ahí. Está muy pegado a la tierra y, además, hemos avanzado tan rápidamen­te... ¡Sí, están copados! Con cinco kilómetros más de avance y ya estaría con ellos —y acabó suspirando y mirando al cielo.
—Amigo, órdenes son órdenes... Y si has esperado dos años, menos te queda por esperar. Pronto llega­remos.
Pedro no le escuchaba. Sólo miraba aquel cielo azul, cándido y tenso, por el que llegaba un villancico:

El Niño Jesús - se marchó a la viña.
¿Qué recogerá? - ¿Qué recogería?
El Niño Jesús - marchó a la colina.
¿Qué recogerá? ¿Qué recogería?


—Esos de la otra Compañía no se han olvidado de la Navidad y la siguen cantando.
—Como que estamos en Reyes. Hace tres años, a mi niño, le trajeron un carro grande, hermoso, y yo le dije que al año siguiente le traerían un caballo, un caballo de cartón. Pero vino la guerra...
Se calló porque en el aire siguió el cántico y lo escucharon.

Un racimo halló - de la sangre viva.
Segando allí estaban - recogió una espiga.
Marchó a Nazaret - lo encontró María.
¿Qué traes amor? - ¿Amor de mi vida?

—No pienses más en eso. Pronto nos relevarán. Tomaremos unas copas y cantaremos como ésos. Dentro de poco el avance y después te encontrarás con los tuyos.
—Tres días faltan para Reyes, pero no llegaremos r.asta allí para que mi niño tenga su caballo. Y los he visto bonitos, muy bonitos, en un bazar de Huesca. Otra vez el villancico traspasó el aire en calma.

Prenda no encontré - de tanta valía.
Traigo vino y pan - de la Eucaristía.

Y el soldado continuó consigo mismo:
—Si avanzáramos, yo le compraría el caballo y se llevaría. Y si no avanzamos...
Casi se levantó el cabo para decirle:
— ¡Deja ya de pensar en eso! ¡Te vas a volver loco! K ya estás hablando solo.
Un disparo vibrante cortó el aire.
—Vaya, que por poco te dan —le dijo otro soldado quilo y risueño mientras liaba un cigarro.


En la casita blanca, una patrulla, desde el amplio porche, miraba el frente.
—Jefe, ¿qué piensas hacer?
—Lo que nos han mandado: Resistir, resistir..., es consigna.
El que preguntó y el resto de la patrulla miraron al jefe. El más decidido, encarándosele, le replicó:
—¿Y con qué vamos a resistir? ¿Nos vienen pegan­do desde muchos kilómetros y ahora vamos a resistir? Aquí, en esta casa y sólo una docena de hombres.
— ¡Hay que resistir!
—Lo que no vamos es a poder escapar, aunque es­tamos dispuestos.
—El que intente escapar, será fusilado. Yo mismo le dispararé.
—Bueno, eso propiamente, no es fusilar, eso es...
—Pero ¡jefe!, si aquí es imposible aguantar, y en­cima, esa familia. Un viejo, una vieja, una mujer y hasta el niño.
—Ya he dado orden de evacuación.
Otro de la patrulla soltó una carcajada al decir:
—Y cualquiera obedece. Eso se dice muy bien. ¡Si estamos más que copados! De aquí no hay quién salga.
—Aquí aguantaremos, y no hay más que hablar.
Callaron todos ante el gesto duro del jefe y al mo­mento se sonrieron cuando vieron salir por la puerta al niño gritando:
— ¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!... La guerra... ¡Adelante los cañones!
— ¡Vaya! —exclamó con coraje el jefe—, ahora el niño.
—Ven, chaval, y no juegues a eso —le dijo uno.
—Pronto tendré un caballo, ¿sabes?, un caballo que me traerán los Reyes.
Ante la sorpresa de todos, una ligera ironía se pin­tó en sus rostros, en tanto el jefe preguntó casi con rabia:
—¿Quién te ha dicho eso de los Reyes?
—Mi madre, la abuela, el abuelo.
Cruelmente, el jefe replicó:
—Los Reyes no son más que una mentira. Los Re­yes no traen regalos. Son los padres que los compran.
—¿Y no vienen de Oriente? ¿No les guía una estrella? ¿No van a Belén a adorar a un Niño... —pregun­ta ingenuamente mirando a todos y desafiándoles seguro—... y en el camino dejan regalos a los niños buenos? ¿Y no pasarán por aquí?
Desde el fondo de la casa se oyó una voz angustia- que gritaba:
— ¡Pedrito! ¡Pedrito! ¿Dónde estás? Ven, hijo mío. —Anda, niño, vete con tu madre y dile que los Reyes ­son una mentira.
Acudió el perro, un perro viejo y gruñón que corrió lado del niño. Después se marcharon los dos. Entonces los de la patrulla se miraron como si se les hubiese roto una vieja ilusión nunca olvidada. Sobre el silencio que pesaba, sólo uno se atrevió a decir:
—Jefe, no le hable así al chico. De verdad es el único que tiene derecho a estar aquí. Esta es su casa. Y en la casa de uno se puede hacer y decir lo que uno quiera. Sobre todo cuando se dice inocentemente.
—Y, además, el niño es muy simpático —añadió otro con sorna.


Era en la mañana víspera de Reyes, cuando el cabo preguntaba inquieto:
—Pero vamos a ver: ¿Cuándo le viste por última vez?
—No sé si ayer o anteayer.
—¿No tienes alguna idea de dónde puede estar?
No le contestaba el soldado, cuando Juan, el cabo, insistió:
—Hace por lo menos un día que yo no lo he visto, como que ya le han contado una lista, y el capitán, ¿sabes?...
—A lo mejor anda por las cocinas.
Se encaminaron hacia ellas. Rancheros y pinches atendían a su quehacer, canturreando entre ese albo­rozo que resulta siempre de preparar un rancho ex­traordinario, el de la noche de Reyes.
—Muchachos: ¿No habéis visto por aquí a un tal Pedro Sánchez Roldán, uno que llaman «el Gato»?
—Yo no he visto gatos ni perros —dijo uno con risa burlona.
Pero otro, solícito, contestó:
—«Me creo» que ese chico se fue a la compra con el furriel.
—A por el furriel.
Por fin lo encontraron entre sacos de patatas y sangrantes corderos abiertos en canal, montones de manzanas y garrafas de vino y aceite.
—¿No sabes nada de un chico que le llaman «el Gato»? Dicen que fue contigo a la compra.
— ¡Bueno está el peine! Bajó conmigo ayer a la plaza, fuimos al mercado, hice la compra, quedamos en un bar. Es un tío fresco. Si me quedo allí esperán­dole, ¡bueno!, me quedo de estatua.
—¿Y qué sabes más?
—Eso, ¿te parece poco? Que es un «guaja», se vino sin permiso y aún no ha aparecido por aquí.
—No creas; es un gran chico. Lo que pasa es...
— ¡Un gran chico!
Y el furriel abrió tanto la boca, que a punto estuvo de caérsele el medio pitillo pegado a la comisura de los labios. Abrió sus potentes y ennegrecidos brazos por el humo y el sol, afirmando profético:
—El capitán no opina lo mismo. Deserción al frente el enemigo. ¿Te parece poco?
—Iré a ver al capitán —replicó Juan. Acompañado de Fernando, otro soldado de la escuadra, desandaron el camino y se acercaban a la cha­la del capitán, cuando, de pronto, le preguntó el soIdado:
—¿Tú crees que vamos a conseguir algo?
—Por lo menos intentar que espere un día para dar parte. Pedro vendrá.
—¿Y lo saben el sargento y el teniente?
—Si no lo supieran, ¿tú crees que me atrevería?
El capitán les escuchó muy atento, después les inquirió sobre la conducta y el comportamiento de Pedro Sánchez y luego les dijo:
—Agradezco de veras la información, muchachos, ro si mañana al toque de diana no está aquí, sin­tiéndolo mucho, cursaré el parte y desde ese momento sabéis lo que le puede pasar.
—Mañana, a diana, estará con nosotros, mi ca­pitán.
—Estás tú muy seguro.
—Es que esta noche es la Noche de Reyes.
—¿Y qué tiene que ver eso?
—Se me figura, por lo que habló anteayer, que Pedro está haciendo de Rey Mago.
Ante el gesto sorprendido del capitán, el cabo le refiriendo la conversación que tuvo con el soldado, casa, que se veía desde el mismo frente; la familia tenía allí, el niño... La ilusión de que los Reyes trajesen un caballo.
—Yo creo que ha bajado a la plaza, lo ha comprado ahora está en camino o en su misma casa.
—Pero eso es una barbaridad. No se le puede ocurrir a nadie que tenga cabeza. Ahora, precisamente ahora, cuando apenas si faltan unos días para llegar hasta allá, se expone de esa manera. Claro que... —miró un poco hacia arriba y con acento nostálgico excla­mó—: En una noche como ésta todos los niños sue­ñan con los Reyes, y los padres se hacen la ilusión de serlo.
Había cerrado la noche y, en la casita que blanquea­ba, todo fue oscuridad. Sólo el ladrido del perro y des­pués su extraño gruñir la alteraban. También, el co­razón anhelante del niño parecía iluminado, mientras le preguntaba a la madre:
—Entonces, vamos a ver: ¿Los Reyes son de verdad, como tú dices, o de mentira, como dicen esos hombres?
—Los Reyes son de verdad. Sólo que cuando los hombres son malos y se matan, los niños no tienen juguetes porque los Reyes no pasan por donde están esos hombres.
—¿Y a mí, me traerán juguetes?
—Si eres bueno y te duermes, sí. Anda, duérmete y rézale muy bajito al Niño Jesús —y en voz muy baja continuó—: Son tres, y se llaman Melchor, Gaspar y Baltasar, y van a caballo, y llevan un cortejo de servidores, y los pajes cargados de juguetes que los van dejando en los balcones y ventanas de los niños que se duermen... A veces, no pueden pasar... Siempre les guía una estrella y al Niño Jesús le llevan... —y canturreó:

Oro, incienso, mirra,
por el monte van.
Mirra, incienso, oro,
¿por dónde vendrán?
Oro, mirra, incienso,
¿cuándo llegarán?

Cuando el silencio, con su volumen de misterio, lo ocupaba todo, de pronto, se rompió con unos tenues golpes en la puerta. Ella, asustada, temblándole la voz, preguntó:
—¿Quién? ¿Quién es?
—Soy yo, Pedro, tu marido —casi susurró una voz que hería aquel silencio.
Ella abrió y se abrazaron. Le parecía imposible. Las lágrimas se confundieron y también las sonrisas.
— ¡Pedro! ¡Pedro!
—Sí; aquí me tienes. ¿Y el niño?
—Aquí está. ¡Mira qué hermoso!
—He venido por veros y traerle este caballo.
—Se va a volver loco de contento. Pero, ¿cómo te has atrevido? ¿Cómo has podido llegar?
—Ya sabes cómo me conozco esto, y estamos ahí mismo, en las «Tochas del Tano», y pronto estaremos aquí. ¿Y los abuelos? —preguntaba ansioso por saber de todo y de todos.
Pero la esposa, reteniéndole entre sus brazos y temerosa de que no fuera una realidad y se le escapase, con voz bañada de presentimientos le decía:
—Si te descubrieran...
—Lo mismo que he llegado, volveré. Hasta «Horco», el perro, me ha ayudado, me ha reconocido. No te inquietes, volveré.
—Tengo miedo, mucho miedo.
—No te preocupes, nada pasará. La estrella de los Reyes Magos me guía.


Aún la diana no había alborozado los aires quietos del amanecer, cuando un soldado decía a la puerta de una chabola:
—A sus órdenes, mi capitán. Se presenta el soldado de su compañía Pedro Sánchez Roldán.
—¿Me quieres decir dónde has estado?
—Creo, mi capitán, que ya lo sabe usted. He esta­do haciendo de Rey Mago.
—¿Y crees, muchacho, que valía la pena?
—Sí, mi capitán, porque ahora allí...


El chiquillo despertó a todos con sus gritos. Desde su habitación al porche y del porche al campo se le oía, desgarrando la paz de la mañana:
— ¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Los Reyes me han traído un caballo! ¡Los Reyes son de verdad!
La pareja de la patrulla que estaba de vigilancia, alarmada, corrió hacia los gritos, porque algo pasaba.
—Si el perro anoche ladró muy raro... —decía uno.
—¿Pero, qué pasa?
—Los Reyes me han traído este caballo y, como ves, son de verdad.
-—Y es muy bonito. A ver. Déjamelo.
Tomó el caballo y lo miró de arriba abajo. Después, mojándose el dedo con saliva y rascando con la uña, raspaba algo que llevaba la madera que le servía de base.
—¿Qué le haces? ¿Qué le haces a mi caballo?
—Nada, nada —y seguía raspando—. Es que tiene un clavo mal metido en la herradura y le hace daño. No podría andar. Hay que quitárselo.
El niño miraba muy atento la operación que le estaban haciendo a su caballo, sin sospechar siquiera que le estaban despegando una etiqueta que decía: «Ba­zar Ugarte. Huesca».
—¿Está ya?
—Ya. Anda, que ahora sí le puedes decir al jefe eso que gritas.
Y el niño, corriendo solo, haciéndose una llama de gritos del contento y alegría que sentía, brincaba de un lado para otro y gritando, gritando sin cesar. Gritos como esos pájaros que, de pronto, se escapan todos y a la vez de un árbol que parece dormido y súbitamente se echan a volar, gritaba y gritaba sin parar:
— ¡Los Reyes son de verdad! ¡Los Reyes son de verdad! ¡Los Reyes son de verdad!


(Cuentos de la Guerra de España, Librería Editorial San Martín, Madrid, 1970). 




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