“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

miércoles, 13 de abril de 2016

Lectura de un drama – Vital Aza





Queriendo ser un autor
de esos de renombre y fama,
escribí hace poco un drama
terrible, conmovedor.
Drama de lúgubre asunto
de luchas fieras, tenaces,
con situaciones capaces
de conmover a un difunto.
Siete robos, un suicidio,
mucho amor, mucho interés,
dos atropellos y tres
conatos de infanticidio.
— ¡Qué drama! —dije—. ¡Esto tiene
que ser desconsolador!
¡Hasta el mismo apuntador
llorará cuando se estrene!
Ansiando oír el sincero
parecer de los demás,
fui en seguida a ver a Blas,
que es mi amigo y consejero.
—Chico, te vengo a leer
una producción. —Ya escucho.
—Yo celebraría mucho
que la oyera tu mujer.
—Bueno, llamaré a mi esposa.
—Venga si no está ocupada,
Rita también (La criada,
una gallega preciosa).
—¿La criada? ¡Qué ocurrencia!
— ¡Que venga! ¡Vaya un repulgo!
Rita es el vulgo y el vulgo
tiene mucha inteligencia.
—¡Bueno! ¡Respeto al autor!
Pasemos al gabinete.
¿Y qué es ello? ¿Algún juguete?
—¿Juguete? ¡Quiá! ¡No, señor!
¡Es un drama! (Blas dio un salto.)
—¿Un drama? ¡Chico, me escama!
—Pues, sí, señor, es un drama,
¡pero por todo lo alto!
—¿Dónde están esas mujeres?
¡Paz! ¡Rita! ¡Podéis venir!
Sentaos. Vamos a oír
un drama. Empieza si quieres.
Di principio a la lectura
con voz campanuda y grave
como todo autor que sabe
que su triunfo se asegura.
Impacientes me escuchaban;
y yo leía, aunque mal,
seguro de que al final
del primer acto lloraban.
Mas dió fin. Blas y su esposa
no se habían conmovido,
todo lo habían oído
así como si tal cosa.
—¿Nada sentís? ¡Es chocante!—
les dije algo amostazado.
—¡Aun no nos ha impresionado!
¡Veremos más adelante!
Mas vi para mi consuelo,
que Rita, que me escuchaba,
ruborosa se limpiaba
los ojos con el pañuelo.
Seguí leyendo, animoso.
Crece el interés del drama.
Huye la primera dama;
y el galán, que es muy celoso,
temiendo un nuevo desmán
mata a su hermano iracundo
¡y acaba el acto segundo
suicidándose el galán!
Pero, aunque el acto acababa,
para desventura mía,
vi que Blas se sonreía
y su esposa bostezaba.
Con horrible desencanto
iba a marcharme de allí
cuando a la gallega vi,
sumida en copioso llanto.
—¡Esa sensible alcarreña
tiene corazón!, ¡ya veis!
Vosotros no lo tenéis,
¡o será de bronce o peña!
¡Esa pobre criatura
no me ha oído indiferente!
¡A ti, muchacha inocente,
te conmueve mi lectura!
¡Así el público ha de ser!
¡Sano! ¡Sin hipocresía! ...
Y la muchacha me oía
llorando a más no poder.
Tanto aumentó su aflicción
del drama el funesto giro,
que dio la pobre un suspiro
que me partió el corazón.
De mi orgullo en el exceso
—¡Calma, —dije—, tu dolor!
¡No llores más! —¡No, señor!
¡Si yo no lloro por eso!
—¡¡Eh!! ¿Que no? —¡Qué he de llorar!
—¿Pues por qué te desconsuelas?
—¡Porque me duelen las muelas
 que no las puedo aguantar!...



Moraleja de aplicación muy actual:

Hay curas que relatan grandes dramas,
herejías tremendas, graves apostasías,
para conmover a algunas damas (y madamas)
espectadoras que apoyan sus travesías.
Ellos se yerguen y con furor relatan,
su voz tronante y ojos lagrimosos,
cómo son perseguidos y casi los matan  
los que no son como ellos ortodoxos.
Oh qué aspavientos hacen, cuando relatan,
inventadas tramas de crímenes y matanzas,
de traiciones y sofismas que arrebatan
las verdades que ellos solos embrazan.
No nos conmueve el furor teatral,
de los “píos” autores de culebrones
que esparcen chismes y acusaciones
en sus dramas, sainetes o novela serial.
Son muy cortas las patas que sostiene
a la mentira disfrazada de verdad,
zancadillas hace a los que no la advierten,
pero desnuda queda ante la simplicidad.

Mario Dufour Ibañez




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