“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

martes, 26 de abril de 2016

La cólera




De no ser por el incesante avance de la ciencia, el hombre jamás hubiera podido conocer la enorme cantidad de energía encerrada en el corazón de la materia. Una reacción atómica en cadena podría traer como consecuencia la destrucción total del universo.
Del mismo modo, en el corazón del hombre, lo mismo que en el átomo, puede llegar a desencadenarse una terrible tempes­tad, la cólera, expresión cabal de una energía digna de un mejor empleo.
Nada hay tan desagradable como vivir junto a esa clase de gente de mal carácter, propensa a la ira y a los malos modales. Cuando un hombre se encoleriza, ciertas cosas suceden automá­ticamente en su naturaleza: el corazón late con mayor rapidez; el ritmo de la respiración se acelera; la presión de la sangre aumenta; una mayor cantidad de adrenalina se vierte en la sangre, y hace que el corazón vibre con mayor rapidez y que ciertos vasos sanguíneos se contraigan. Por otra parte los pul­mones incorporan una mayor cantidad de oxígeno; el hígado recibe un mensaje para abrir su almacén y liberar más glucosa, que es el azúcar combustible de la sangre. Al mismo tiempo la sangre se retira de los órganos digestivos, y enriquecida con oxígeno, es enviada a toda marcha a los músculos.
Toda esta serie asombrosa y complicada de sucesos, consti­tuyen un mecanismo de supervivencia que nos es común con los animales.
A la primera señal de peligro y de un modo instantáneo y maravilloso, nos encontramos preparados para luchar defendién­donos, o para huir.
Este mecanismo de defensa lo encontramos en el hombre de las cavernas y en nosotros, hombres del siglo XX, y nos es­timula a actuar, a movernos, a hacer algo; claro que ese algo muchas veces se concreta en una explosión de ánimo que alcanza a los que nos rodean. Se ha desencadenado un proceso en nues­tro interior, es decir dentro de nosotros y fuera de nosotros.
Más de una vez, cuando estallamos en cólera, no pretende­mos herir, pero de hecho herimos, hacemos daño a quienes nos rodean; sin querer hacerlo, pero lo hacemos; y lo peor del caso es que la mayoría de las veces los demás no tienen nada que ver.
La explosión del corazón humano suele provocar en el ám­bito de lo social, las mismas consecuencias que la explosión de una bomba de hidrógeno.
Por vivir en este mundo necesariamente nos encontramos en medio de una cadena de sucesos cuya extensión depende de nosotros mismos. Recibimos el impacto de los malos modales de los demás, y podemos adoptar una de estas dos posturas:
1°) Cortar la cadena, y evitar la transmisión del mal humor a los demás.
2°) Encolerizarnos nosotros y provocar la reac­ción en cadena del mal humor.


Siempre es posible utilizar esta energía en alguna acción positiva, aunque hay que reconocer que esto supone un perfecto dominio del carácter, y una buena dosis de paciencia y de virtud.
La energía es neutral; lo que hacemos con ella es lo que la convierte en destructiva o constructiva. Lo mismo que en el átomo, su mal uso puede destruir toda vida sobre la tierra, o brindar a los hombres un mayor bienestar. Lo que sí sabemos, es que es imposible destruirla. Sólo es posible transformarla. En otras palabras, en lugar de estallar y convertirse en un nuevo eslabón de una cadena ininterrumpida de sinsabores, deberíamos aprender a utilizar la energía que libera la cólera para crear la paz y el bienestar.
El mal carácter algunas veces es más destructivo que una enfermedad infecciosa. Muchas enfermedades terminan por sí solas después de dos o tres semanas; la cólera en cambio, puede durar toda la vida. Sin querer, influenciamos con nuestras acti­tudes hostiles a los demás, comunicándoles el virus de la cólera. Si el jefe de la oficina es una persona intratable y neurótica, es muy probable que no sólo su esposa y sus hijos le teman sino también que sus empleados vivan inseguros y tensos. Descargar los nervios indebidamente significa sembrar la discordia y la mal­querencia.
Es muy probable que no siempre el hombre tenga conciencia del mal que puede ocasionar tal tipo de conducta, pero en todo caso los demás, por desgracia, no siempre se encuentran en con­diciones de comprender que estas actitudes no pretenden cons­tituirlos en el blanco del mal carácter ajeno. Muchas veces no pretenden herirnos. Ellos simplemente están explotando... y nosotros estamos cerca.
Sentirse herido es normal; lo anormal sería creer que nos hieren por herir. Vamos a analizar una de las tantas reacciones en cadena que puede desatar la cólera. El ejemplo está tomado de un libro de Laura A. de Huxley.

Lugar: un barrio cualquiera de la ciudad.

Hora: temprano, por la mañana.

I°) En el jardín de una de las casas hay un hermoso can­tero de rosas cultivadas con todo cuidado. Un muchacho mon­tado en una bicicleta va arrojando los diarios doblados, hacia las puertas cerradas. Uno de sus disparos sale desviado y propina un golpe devastador a las flores. No hay testigo del desastre y aun el canillita “no sabe lo que ha hecho”. Este es el primer eslabón de la cadena..., un accidente inocente, sin intención, y por lo tanto sin significado.

2°) Pasan pocos minutos. El señor X, propietario de la casa, sale a recoger su periódico.
¿Qué clase de hombre es él? ¿Qué sucederá, cuando vea lo que ha pasado con sus rosas que él cuidaba con tanto cariño? ¿Cómo actuará?
El señor X se inclina para recoger el diario y al verlas des­trozadas se espanta. Su orgullo y su alegría, el resultado de meses de tantos cuidados... ¡todo destruido!
Ofuscado, entra en la casa. En respuesta a la mirada inqui­sitiva de su esposa comienza todo un concierto de insultos contra toda “esa raza de muchachos”..., particularmente contra el hijo del vecino de enfrente.
El señor X está seguro de que fue él..., y que lo hizo a propósito.
—¿Cómo lo sabes? —le pregunta su esposa.
—¿Quién otro puede haber sido? —contesta el señor X. Y continúa diciendo que el señor Z, el padre del muchacho, siem­pre le está buscando dificultades y queriendo meterse en líos.
Para él es la cosa más lógica. Como el hijo es igual que el padre, es claro que ha sido él. ¿Quién otro si no?...
Con este humor de perros, el señor X que es comerciante, va a abrir su negocio de cigarrería.

3°) Por pura casualidad el señor Z que siempre compra sus cigarrillos en lo del señor X entra en el negocio. No olvidemos que el señor Z, es el padre del presunto sospechoso. El señor X, no le dice una palabra, ni le pregunta nada de su hijo. Si lo hubiera hecho se hubiera enterado de que el pobre muchacho, ajeno a todo ésto, estaba pasando unos días en el campo. El señor X lo saluda, le muestra su sonrisa profesional, y se felicita por su “control”. Pero esta represión encuentra un modo astuto de manifestarse. A pesar de ser honrado y justo, el señor X, inconscientemente, le da de menos en el cambio a su vecino.

4°) El señor Z al abrir su cartera para dar dinero a su esposa, descubre el error. Ante la perspectiva desagradable de tener que enfrentarse con el señor X, se indigna y se encoleriza, refunfuñando contra X, y quejándose de las extravagancias de su esposa que le echó en cara su falta de cuidado hacia el dinero. Tienen unas palabras, se pelean, se echan en cara algunos de­fectos, y finalmente ella, que estaba preparándose para salir, lo hace más rápidamente que de costumbre, toma el sombrero, y de un portazo se va, dejando a su marido con la palabra en la boca.

5°) La señora de Z ya está en la calle. Entra a un negocio a comprar un vestido.

6°) Su mal humor le impide concentrarse en lo que está haciendo. En su cabeza siguen resonando aún las quejas de su esposo contra el señor X, los malos tratos que recibió de su es­poso, y una confusión general como música de fondo. Todo esto la hace irritar aún más, y sin pensarlo se dirige a la vendedora de un modo agresivo y arrogante. Por supuesto que en este estado ni ella es capaz de elegir, ni la vendedora es capaz de acertar con su gusto.

7°) Usted es la vendedora... o el vendedor.

Detengámonos aquí. La cadena negativa de reacciones la ha tocado. Ha llegado hasta usted. Usted ha sentido el impacto de la actitud prepotente de la señora de Z, y no se explica por qué.
Todo comenzó por un muchacho lleno de alegría, que desde temprano se gana la vida repartiendo diarios en el barrio. El mal humor viajó de persona en persona y al llegar hasta usted se ha detenido.
¿Qué actitud tomaría en este momento, si estuviera en lugar del vendedor? ¿Qué haría? ¿Esperaría a que cayese una víctima al negocio, para comunicarle su mal humor, o interrumpiría la cadena? De usted depende.
Quizá sea conveniente contar hasta 10 antes de proceder, recurrir a lo poco de virtud que a uno le queda, o encomendarse a Dios para que le dé un poco de la paciencia que tenía Job.
Podría además dar algunos consejos prácticos acerca del modo de utilizar la energía desencadenada por el mal humor en beneficio de la salud: contraer los músculos, o poner mano contra mano, ejercitar los biceps, los glúteos o los géminos, claro está, siempre que no sea contra el primero que pase por la calle. Pero reconozco que estos ejercicios aunque son prácticos y beneficiosos en el fondo no constituyen la virtud, sino un modo fácil de canalizar las energías físicas desatadas por la cólera.
Dejarse llevar por el mal humor es uno de los modos más comunes de desencadenar tempestades, tormentas, relámpagos, truenos y batallas campales. La historia nos demuestra con evi­dencia que muchas guerras han comenzado a escribirse en días de cólera.
Un chico de 10 años le preguntó a su papá:
—¿Cómo comienzan las guerras, papá?
-—Verás, hijo —contestó el papá—-. Supongamos que los Es­tados Unidos están en guerra con el Canadá.
La madre, una mujer colérica y propensa a la disputa, que estaba escuchándolos interrumpió:
—¡Los Estados Unidos no están en guerra con el Canadá!
—¿Quién dijo que están en guerra? contestó el papá visi­blemente irritado. Yo sólo estaba dándole al chico un ejemplo.
—Tú siempre le estás llenando la cabeza con ideas estúpidas. ¡No seas ridículo!
—No soy ridículo ni estúpido —contestó el papá—, ni le estoy llenando la cabeza al chico. Además por lo menos le lleno la cabeza con algo. Si te oyera sólo a ti no tendría en la cabeza ninguna clase de ideas,... ni estúpidas,... ni de ninguna clase
Palabra iba y palabra venía, el ambiente se ponía espeso, y, a los pocos minutos comenzaron a volar lámparas, sillas, platos, copas, mientras el chico los miraba en actitud de genio reflexivo. Al cabo de un momento dijo:
—¡Gracias papá!... ¡Gracias mamá!... Ahora me doy cuenta de cómo empiezan las guerras.
Esta escena, aunque parezca ridícula, es sumamente frecuente, aunque en muchos casos no vuelen las lámparas, ni las sillas, ni los platos ni las copas,... pero vuelan las palabras de un lado para el otro, que si bien no lastiman la piel, hieren el alma y la entristecen.
Nos encolerizamos contra los demás, y muchas veces somos nosotros mismos los que deberíamos ser objeto de nuestras propias iras. La ira es una pasión, y como toda pasión carece en sí mis­ma de moralidad. Jesús despidió a los mercaderes del templo con cajas destempladas, pero en este caso, la ira divina fue puesta al servicio de la justicia divina. Muy pocas veces la ira de los hombres es puesta al servicio de la justicia humana, y muchas, al servicio de su propio egoísmo. Un día el filósofo Atenodoro, en su vejez, pidió a César Augusto que le permitiese retirarse a su casa, y Augusto se lo concedió. Antes de despedirse, Atenodoro le dijo: “Cuando estés airado, ¡oh César!, no hagas ni digas nada sino después de haber pronunciado mentalmente las veinticuatro letras del alfabeto”.
Entonces, Augusto le tomó de la mano y le dijo: “Todavía necesito de tu presencia”. Y le rogó que permaneciese un año más a su lado (Plutarco).
La ira es una pasión loca que nos lanza enteramente fuera de nosotros mismos, y que, buscando los medios de rechazar el mal que nos amenaza o que ya nos ha herido, hace hervir la sangre en el corazón, y levanta en nuestro espíritu furiosos vapores que nos ciegan y nos impulsan a hacer todo aquello que pueda saciar el deseo de la venganza. Es una breve rabia, un camino hacia la locura. (Charrón: “De la sabiduría”). Platón aconsejaba a sus discípulos que cuando se hallaran encolerizados se mirasen al espejo. Consejo sabio e importante, porque un hombre arrebatado de cólera se parece en su semblante a un frenético, y lo es en verdad, y por la misma razón sirve de útil lección y de un ejemplo de moderación para cualquiera que se vea en ese estado.
El apóstol Santiago dice: “Todo hombre sea pronto para oír, tardío para hablar, tardío para airarse. Porque la ira del hombre no obra la justicia de Dios”. (Cap. I, vs. 19 y 20). Y San Juan, en su primera epístola: “El que aborrece a su hermano está en tinieblas,      y anda en tinieblas, y no sabe         donde        va, porque las tinieblas le han cegado los ojos”. (Cap.        II)
El Eclesiastés: “La ira y el furor son execrables…No seas pronto en enfurecerte, porque la ira descansa en el pecho del necio”.
Sócrates enojado contra un hijo suyo porque había come­tido una culpa, temiendo dejarse arrebatar por la cólera le dijo: “Castígate tú mismo”. Y Sócrates era un sabio. Sería interminable citar autores en contra de esta tremenda pasión. Desde Salomón, pasando por Eurípides, Sófocles, Esquilo, Horacio, Ovidio, Sé­neca, Tácito, Plutarco... San Agustín, San Ambrosio, y autores como Byron, Shakespeare y el Evangelio no se ha dicho nada nuevo; simplemente se le ha recordado a la humanidad que la cólera perturba la razón y conduce a los hombres a niveles in­frahumanos y ridículos.
Por eso si no quieres escuchar ni la voz de los profetas, ni la voz del Evangelio, que es la voz de la conciencia, recuerda las palabras que el filósofo Atenodoro dijo a César Augusto... y prueba a contar mentalmente las veinticuatro letras del alfabeto.


P. Héctor O. Oglietti, “El Evangelio sobre los Tejados”, Bs. As., 1966.

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