“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

sábado, 27 de junio de 2015

Bernardo y el barril de amontillado




Estaba en Suiza un perro romano
visitando a su tocayo Bernardo.
Era éste un alto prelado
fraterno juez aún no reconciliado.
Deseaba Bernardo –el humano-,
escanciar del vino amontillado,
mas era difícil sin ser lastimado
por lo que hubo de portarse cauto.
Dijo en inglés bien pronunciado
“¡Help!”, y también en castellano,
pues era políglota, y muy viajado,
aunque nada le daba resultado.
“La bebida es importante –es decir-.
la estampilla”, decía claudicante,
mientras continuaba desplumando aves
impertinentes de su corral, reluctantes,
que al ver al perro huían tremulantes,
por no morir en la iglesia conciliante.
Tuvo la idea, entonces, atrevida
de mostrar su urgencia sin ambages,
“Necesito la estampilla o me muero,
quiero decir, la bebida, ya tú sabes.”
Acabóse el diálogo entre canes,
y postróse el Bernardo anhelante.
“Así seré reconocido por mis pares
y mi necesidad satisfaré al ser iguales,
nadie me llamará cismático, ¡ya nadie!”.
Oh, tus últimas palabras serán tales,
Bernardo, ¿no sabes que de animales
las historias suelen ser irreales?
Para ti un barrilito tendrán los romanos,
con té de sardonia que te hará un guiñapo,
similar a los herejes modernistas liberales
del Maligno monigotes y jayanes.

Rubén Delrío

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