“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

lunes, 15 de junio de 2015

Latidos de un corazón enamorado


En los surcos de su abnegación, el corazón late por una sola cosa:
 por sí mismo.


Nuestro conocido Juan Quelonio nos dice que pocas cosas logran penetrar en él al punto de conmoverlo y deleitarlo, y sin embargo recientemente la emoción lo embargó de tal manera que lo llevó a verter lágrimas en abundancia y gemir enervado como una muchachita en el culmen de un enamoramiento primerizo. Con trémulo balbucear nos comunicó la razón de su febril estado.

Qué son, desangrado son, corazón”, canturreaba un tanto pálido, cuando nos dijo, aún estremecido: “Oh, maravillas de la retórica tonante que suavemente se esparce por el aire como un perfume de flor delicada, como aroma que exuda la pureza incontaminada de una flor recién abierta. Escuche, amigo Rústico, estas palabras salidas de un corazón enternecido y celoso, de un corazón compasivo y generoso, de un corazón amable y cálido, en un reciente e inolvidable sermón. Oh, qué ternura asperja mis orejas cuando pienso en que tales palabras emanan naturalmente de un corazón lozano y cariñoso, en extremo humilde y sencillo. Escuche Ud. por favor:

Lo que quiere Dios en la época de la Revolución Anticristiana es que el hombre saque el celo, el profundo cristianismo, del Corazón Sacratísimo de Jesús.
¿Y no hemos de sembrar los grandes y hermosos pensamientos que sacamos —mediante el Evangelio y los Santos— del Corazón de Jesús en los surcos de nuestra abnegación? Solamente así podemos esperar que nuestro corazón lata por una sola cosa, y que su latido sea sentimiento cálido, compasión, amor, entusiasmo por el Corazón divino.
Nuestro Señor Jesucristo ha declarado, sin ambigüedad, que le duele el desprecio con que le tratan los hombres. Santa Margarita Alacoque ha manifestado explícitamente que el Señor sufre. Jesús le mostró su Corazón, que es infinitamente dichoso en su gloria, pero que al mismo tiempo está ceñido con corona de espinas y la cruz proyecta sus sombras sobre la sagrada llaga.
El que quiere aprender a amar, empiece por tener compasión. Nunca podremos amar tanto a Dios, como amándole con espíritu de amor compasivo.
No nos olvidemos, pues, de avivar nuestra compasión. Jesús desea que nos apiademos de Él, que le brindemos el amor de reparación.
El corazón compasivo participa de los dolores de Jesús y se alegra de poder hacer algo, que sea grato al Corazón divino ultrajado.
Y esta compasión acrecienta las fuerzas del alma; porque el amor de Dios no debilita nunca, ni siquiera cuando hace verter lágrimas; no mengua las fuerzas; sino que siempre unge al alma, la forma para los sacrificios, y le inspira el anhelo apasionado de hacer todo cuanto puede, de ofrendar todo aquello de que es capaz: lo da todo a Dios, sin reservarse nada para sí.
Con este amor compasivo, reparemos al Corazón Sacratísimo.
Don Quelonio cerró su recitado entre lágrimas que no pudo disimular. Yo también, debo confesarlo, me estremecí y tuve que sonarme la nariz un par de veces. Menos mal que siempre tengo a mano pañuelos descartables de tres hojas. Una vez repuesto aquel, le inquirí quién era el autor de tan sentidas palabras con las cuales había ungido mis dóciles oídos. “Oh, el cura párroco de Radio Cerianidad, en su sermón del Sagrado Corazón”, respondió aún sin mirarme, como si volviera a convulsionarse, presa de la agitación. Cuando alzó de nuevo sus ojos, adiviné que volvería a recitar esas u otras palabras que su mollera retenía como un termo Lumilagro retiene el calor del agua para el mate. Así que intempestivo debí anticiparme para evitar su nuevo arranque sentimental. No fuera cosa que se me contagiase.

Espere un momento, le dije a Quelonio. Ahora he de ser yo quien le recite algo. Présteme oídos, y si de un tal corazón hablamos, escuche Ud. lo que su recitado me ha traído a la mente, para caracterizarlo:

“Pensad, os ruego, que estáis razonando con el judío. Tanto valdría iros a la playa y ordenar a la marea que no suba a su altura habitual; podéis también preguntar al lobo por qué obliga a la oveja a balar en reclamo de su cordero; podéis asimismo prohibir a los pinos de las montañas que balanceen sus altas copas cuando son agitadas por los ventarrones celestes; podéis igualmente llevar a cabo la empresa más dura de ejecución antes de probar el ablandamiento (pues, ¿hay nada más duro?) de su corazón judío” (Shakespeare El mercader de Venecia, Acto IV, Escena I).

Pues como enseña el maestro danés Kierkegaard, “El maestro enseña más con lo que es que con lo que dice”, y detrás de esa pomposa y cuidada retórica se esconde el orgullo, la impiedad, la dureza, la difamación y el odio, en definitiva, el fariseísmo.

Mientras don Quelonio herido en sus sentimientos había emprendido ya su lenta retirada, le agregué a su extraño andar unas palabras de la santa del Sagrado Corazón, Margarita María de Alacoque, por si las podía llegar a apreciar:

“¿Queréis saber quién penetrará más adentro en la sagrada instancia del Corazón de Jesús? El que sea más humilde y más despreciado; el que más se despoje de todo, será el que tendrá más; el más mortificado será el más acariciado; el más caritativo será el más amado; el más silencioso será el más adoctrinado; el más obediente, en fin, será el que tendrá más crédito y más poder”.


“La soberbia es la mayor deuda ante la justicia divina”.




La Resistencia no fláccida tiene un corazón acorde 
con su dureza a toda prueba.

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