“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

martes, 24 de noviembre de 2015

Desobedientes (I) –Una historia que sí ocurrió–




De acá


            –«No, siempre fue un tipo sospechoso. Definitivamente, tiene criterios distintos y ve las cosas de otra manera».
            La voz del Supremo se hizo sentir fuertemente en la conferencia de buenos pastores. Estaban tratando por enésima vez el caso de la oveja negra. Habían pasado ya varios meses de su marginación y aislamiento. Pero para ellos seguía siendo un verdadero problema, un dolor de muelas.
            –«Sí –añadió uno de los miembros eternos de la junta–, encima tiene un arrastre increíble con las monjas. Quieren tenerlo como guía y confesor, se escriben mensajes con frecuencia…».
            –«Pero no puede ser –continuó otro–. No se puede permitir esto. Predica distinto de como predicamos nosotros y celebra la Misa también de manera distinta, haciéndose el “espiritual”. Les va a hacer un daño enorme. Y ni hablar de los hermanos en religión, es un pésimo ejemplo».
            La oveja negra era ya un árbol caído y todos hacían leña. Todos aprovechaban para anotarse un punto.
            –«Además, y por sobre todo, es un desobediente. Se mueve solo, sin consultar con el superior –completó uno de los antiguos–. ¡Cuántas veces se lo advertimos! Pero es un pertinaz y siempre siguió haciendo lo mismo».
            El Supremo retomó con firmeza: «Tiene los tres peores defectos que puede tener un religioso: es desobediente, tiene juicio propio y, por consiguiente, es de mal espíritu». Enseguida propuso escribir una comunicación dirigida a todas las casas de ellos y a todos los conventos femeninos por ellos atendidos para poner en guardia ante la real amenaza que significaba semejante monstruo, un personaje el cual, completamente carente de discernimiento, no era capaz de darse cuenta de que era un instrumento del demonio para corromper a la orden.
             En ese momento, golpeó la puerta y entró, pálido el rostro como la muerte, uno de los secretarios de la casa.
            –«¡Se escapó!»– exclamó despavorido.
            –«¿Cómo que se escapó!»– preguntaron y gritaron al unísono los buenos pastores con los ojos desorbitados y sin poder dar crédito a los propios oídos.
            –«Sí, se escapó. Después de ocho meses… calculó que las sábanas le daban la medida, hizo tres nudos y saltó por la ventana. Debe haber sido anoche, pero lo acabamos de notar ahora».
            –«¿No les dije?» –estalló el Supremo en una indisimulable y enfermiza mueca de ira– ¿No se los había advertido? Este fray Juan de la Cruz es incorregible, un soberbio. Siempre lo fue. Jamás supo someterse de corazón a los superiores, no puede superar su dependencia afectiva de las monjas que lo manejan como quieren, sobre todo esa tal Teresa, fundó casas sin preguntarnos antes y sin nuestra autorización, y ahora no acepta la penitencia que, obviamente por caridad y misericordia para darle ocasión de convertirse, le impusimos. No vive la obediencia, no tiene idea de lo que es la vida religiosa».

Bartolomé Paz

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