“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

martes, 24 de noviembre de 2015

Parábola quinta (P. Leonardo Castellani)




Llegó, por fin, el fin de mi agria suerte.
Mañana tarde moriré. Estoy cierto.
Hoy ya he sentido el ala de la muerte
Y ya me siento casi olor de muerto.

Mi violín hará pausa en plena fiesta,
Me tirará la manga el compañero:
¡Tercer violín segunda fila orquesta!–
Caerá el violín, el arco y el arquero.

Ridi, pagliaccio! Piccola tragedia!
Ignora el vulgo vil nuestros cadalsos.
Dirán algunos que morí de inedia
Y he muerto a fuerza de oír acordes falsos.

El que una nota falsa pueda herir
De muerte a un pobre músico... Eso es loco.
¿A quién podré escribiendo persuadir
que un hombre cuerdo muera por tan poco?

Empezó hace tres meses. Un chirrido
Oí feroz, que no era la ni sí.
Miré atrás. El Doctor no había oído,
No había oído y me miraba a mí.

Entonces empezó la zarabanda
O no tocaba yo o tocaba bien
Estaba solo en medio de una banda
Y a todo había que decir Amén.

Todo esto es ¡ay! de la ambición el fruto.
Valses y tangos para gente joven
Hacíamos. El Director, que es bruto,
Va y se mete con Bach y con Beethoven.


Metidos a hacer música de cámara
Creció horrible la desafinación.
Me hacía mal de una manera bárbara
Y me empezó a fallar el corazón.

Conjuré al Director que se calibre,
Me multó y despidió con una lata.
El Estatuto del Estado Libre
Prohíbe en junio cambio de contrata.

Mis hijos comen de esto. Por un triste
Año –me dije– bien podré aguantar...
Me equivoqué. Mi cuerpo no resiste.
Llegó el momento ¡oh Dios! de reventar.

Pues con un alfiler, matar es dable
A un hombre, y no con mil y mil pinchazos,
Con uno repetido es peor que un sable
Siempre en el mismo punto de los brazos.

Se enconan las heridas y hay un nervio
Que la espera más tenso cada vez.
Me trataron de indómito y soberbio
Y a tocar me obligaron al revés.

«Un músico que no era un Liszt tampoco
megalómano halló una muerte cruda.
El hombre era evidentemente loco
Y que es suya la culpa ¿quién lo duda?».

Se me castiga por tener talento,
Cosa que es Dios, no yo, quien ha querido.
Culpa mía no es mi entendimiento–
Me culpan porque tengo buen oído.

¿Y quién me enseñó estilo y armonía?
El mismo Director. Él la enseñaba.
Él la enseñaba, sí; yo la vivía
Y en ella el alma se me ensimismaba.

Ritmo que eres Verdad, Vida, Belleza,
Justicia y Orden, pocos te perciben.
Vive por ti toda naturaleza;
Pero pocos, poquísimos, te viven.

Todos te ven en el verano plomo
Cuando a tu sombra alivian sus congojas.
Aun en invierno yo te veo, como
Las agujas de un plátano sin hojas.

Quizá desciendo de esos hombres viejos
Que en sus cuevas pintaron animales,
Después ánforas, dioses y azulejos
Y después construyeron catedrales.

Hada Armonía, ley de todo ser,
Que una mañana absorta de mi infancia
Te vi y te quise más que a una mujer.
Mi reina, mi alimento y mi fragancia.

Que desde el astro rey a los gusanos
Todo gesto acompasas y modulas.
Mociones mides, órbitas regulas
Y el mundo riges de un pulsar de manos.

Batir vital que con eterna norma
Riges la música del corazón.
Danzas del escultor la esbelta forma
Y al sabio brindas la contemplación.

¿Por qué te conocí? ¿Por qué viniste
a mí, pobre muchacho de la Pampa,
levantando a tu beso el alma triste
para hacerme caer en esta trampa?

Mi sufrir es secreto y no es decible
Y al no salir del vaso, rompe el vaso.
Ni mi mujer escucha ya. Impasible
Se echa a reír y dice: No hagas caso.

No me es posible ya nacer de nuevo,
No me es posible ya volver atrás:
Ponzoña se volvió el agua que bebo,
Y yo me muero de sed y bebo más.

Hoy, pues, se desenlaza el drama humilde
De un músico en el fondo de la balsa–
Haré mi parte sin faltar un tilde,
Mi vida no será una nota falsa.

Se ríe de mi honor el filisteo.
Un turista no entiende la nostalgia.
Que un músico se muera de solfeo
Es como un hombre que se muera de álgebra.

A la Armonía y al que la ha creado,
Que no conozco pero sé que existe,
Hoy en mi última noche resignado
Brindo la copa de mi sangre triste.

¿Por qué la vida me asestó esta herida?
Yo no lo sé. Ya terminé mi parte.
Algunos hacen arte con la vida
Pero yo hacía vida con el arte.

Y me entrego a la noche escalofriante
Con paso firme y corazón que llora–
No me arrepiento de haber ido avante
Aunque caí en la noche destructora.

Con la vaga esperanza de una aurora.

Roma-Manresa, 1947.


Visto acá


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