“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

viernes, 11 de diciembre de 2015

Cuando los generales traicionan, necesitamos, más que nunca, la fidelidad de los soldados





De acá


Carta de 1965 de Giovannino Guareschi a don Camilo a quién le cuesta adaptarse a las novedades introducidas por el Concilio Vaticano II.

Reverendo:

Espero que esta carta llegue al remoto exilio al cual le ha llevado su agresividad que, de veras, no disminuye, sino que crece, con el paso de los años.

Conozco la historia que comenzó cuando el compañero sindicalista Peppone, le dijo para saludarlo en público: “¡Buenos días, compañero presidente!”. Después vino a hacerle una visita a la casa parroquial junto a Smilzo, Bigio y Brusco para decirle que, como pretendía embellecer la Casa del pueblo con un bello balcón para los discursos, tendría que comprar columnas de mármol de la balaustrada del altar mayor, y también los dos ángeles que había a los lados del tabernáculo. Estos, le dijo (si mi informador es veraz), los quería para ponerlos sobre el arco del portón de entrada, para adornar la placa con el emblema del PCI. Don Camilo: usted quitó del muro el par de ángeles y los puso delante de Peppone y compañía haciéndolos encontrar rápidamente la vía de la salida. Pero, créame, no fue una respuesta graciosa, de buen jugador.

Cuando estalló la bomba de la desestabilización, no nos olvidemos, ¿no fue usted a encontrarse con Peppone en su oficina para comunicarle que habría comprado con mucho gusto los retratos y el busto de bronce de Stalin existentes en la Casa del Pueblo, y también la placa de mármol de la “Plaza Stalin”, porqué pretendía usarlos para adornar convenientemente su baño personal?

Reverendo, ahora que ya estalló la bomba de la desestabilización y usted debe adecuar la iglesia a las exigencias precisas del nuevo rito boloñés, Peppone tenía el derecho de ofrecerle pan por focaccia.

Usted está de problemas hasta los ojos

Usted está de problemas hasta los ojos, reverendo, pero esta vez la culpa es toda suya. El joven cura, que sus superiores le han enviado para instituirle en el rito boloñés y para ayudarle a actualizar la iglesia, no es un Peppone cualquiera y no podía tratarlo rudamente como le ha tratado. Él venía a usted con un mandato preciso y, como su iglesia no tiene ningún valor artístico y turístico particular, el digno joven sacerdote tenía el pleno derecho de pretender el cambio de la balaustrada y el altar, la eliminación de las capillas laterales y los nichos con sus ridículos santos de yeso y madera, así como los cuadros exvotos, los candelabros y, en fin, de toda la chatarra de lata, de madera y de yeso dorado que, hasta la reforma, transformaban las iglesias en bodegas de cosas viejas.

Usted, Don Camilo, había incluso visto en la TV el “Lercaro Show” y la concelebración de la Misa por el Rito Boloñés. Bien había visto la sugestiva pobreza del ambiente y la conmovedora simplicidad del altar reducido a una proletaria mesa. ¿Cómo podía pretender emplazar en medio de aquel humilde Sagrado Desco, un objeto de tres metros de alto, como su tristemente famoso Cristo crucificado, al cual está tan aferrado?


Aunque había visto en la TV, algunos días después, como era preparada la Santa Misa entorno a la que el papa y los nuevos cardenales habían celebrado el banquete eucarístico. ¿No se había dado cuenta de que el crucifijo situado al centro de la mesa era tan pequeño y discreto que se confundía con los dos micrófonos? ¿No había visto, en fin, como todo en la Casa de Dios, debe ser humilde y pobre de manera que resalte al máximo el carácter comunitario de la asamblea litúrgica de la que el sacerdote es sólo un con-celebrante con función de presidente? Y ¿no había oído, en el segundo “Lercaro show” televisivo (“la partida cordial”) cuán satisfechos están, incluso entusiasmados, los fieles petristas, de la nueva misa según el rito boloñés? ¿No vio como estaban todos emocionados, especialmente los jóvenes y las mujeres, del placer de concelebrar la Misa en vez de de asistir pasivamente, sometiéndose al misterioso latín del celebrante, y de la legitima satisfacción de no tener que humillarse más hincándose de rodillas para recibir la hostia y de poderla recibir de pie, tratando a Dios de tú a tú como había siempre hecho el honorable Fanfani?

Retrocediendo algunos siglos

Don Camilo, aquel joven sacerdote tenía razón y se turbaba por una santa causa porque la actualización ha sido querida por el gran Papa Juan a fin de que la Iglesia: “Esposa de Cristo, pueda mostrar su rostro sin mancha ni arruga”. Es la iglesia que, hasta ayer simplemente católica y apostólica, se convierta (recuerde siempre a Lercaro) en Iglesia de Dios. Y usted, Don Camilo, se quedó atrás unos cuantos siglos; usted está aún parado en el último papa medieval, en aquel Pío XII que hoy es vilipendiado públicamente desde el escenario con la aprobación, – vea la representación del “vicario” en Florencia-, de los estudiantes universitarios católicos, y que, cuando el productor obtenga la concesión estatal, verá vilipendiado  también en las pantallas.

Don Camilo: ¿no se ha dado cuenta, ni siquiera asistiendo a través de la TV a la consagración de los nuevos cardenales? ¿No ha oído los aplausos calurosos dados abiertamente al neo-cardenal Operaio Cardin? ¿No ha escuchado al Reverendo Presentador televisivo precisar que el neo-cardenal checoslovaco Beran, simplemente, ha salido de su “estado de aislamiento”? ¿No ha notado la calmada indignación que vibraba en su voz, cuando el reverendo presentador de TV, ha denunciado el abuso cometido del dictador Franco pretendiendo ejercer el medieval, fascista privilegio que tienen los jefes de los estados católicos de imponer personalmente el birrete a los neo-cardenales pertenecientes a sus países? ¿Ni siquiera ha notado la diligencia loable con la cual el reverendo presentador de TV –que, como, el resto, ha hecho lo mismo que el Santo Padre- y ha ignorado la existencia de la llamada “iglesia del silencio” o “iglesia mártir” detrás del Telón de Acero?

Don Camilo, ¿no se ha dado cuenta como las altas jerarquías de la iglesia evitan hablar de aquel cardenal Mindszenty de Hungría que, con reprobable indisciplina, persiste en ignorar la conciliación entre la Iglesia católica y el régimen soviético, y que rehúsa ofrecer el debido tributo al llamado “comunismo ateo”, sosteniendo incluso como creencia aún válida la excomunión papal que es hoy objeto de risas en todos los oratorios parroquiales?

Don Camilo, ¿por qué rehúsa a entender? ¿Por qué, cuando el joven sacerdote que le ha sido enviado por la autoridad superior le ha explicado que necesitaba limpiar la iglesia y vender los ángeles, candelabros, santos, Cristos, vírgenes y toda la otra chatarra, entre la cual también estaba su famoso crucifijo; porqué, digo, lo cogió por las solapas y lo tiró contra la pared? ¿No ha entendido que están en juego los más sagrados principios de la economía? ¿Qué están en juego miles de millones y la misma sagrada integridad de la moneda? ¿Qué familia “bien” de hoy, querría privarse del placer de adornar la propia casa con algún objeto sagrado? ¿Quién renunciaría a tener en la antesala un San Miguel como adorno, o en el dormitorio un par de ángeles dorados como lámpara, o en la sala de estar un tabernáculo como un pequeño bar?

Seguir la moda

Don Camilo, la moda es una potencia que mueve millones de fábricas y millones de millones; la moda exige que cada casa respetable posea algún objeto sacro. La búsqueda es árida tanto que, si no pusiéramos en el mercado de arrendamiento, santos, ángeles, patas del altar, candelabros, crucifijos, tabernáculos, Cristos, vírgenes, etc., los precios alcanzarán cifras hiperbólicas. Y eso perjudicara la sagrada integridad de la lira, honorada por los extranjeros con el “Oscar” de las monedas. La Iglesia no puede separarse más de la vida de los laicos e ignorar sus problemas. Don Camilo, no me haga perder el tiempo. Usted tiene problemas. Y no es mía la culpa, la culpa es toda suya.

Sabemos cada cosa: el curita que le fue enviado por los superiores le ha propuesto –demolido el altar viejo- sustituirlo no con una mesa común como aquella del “Lercaro Show”, sino con el banco del leñador que el compañero Peppone le había vilmente ofrecido como donación sugiriéndole la utilización, recordando que el padre putativo de Cristo era carpintero y que el pequeño Jesús, de niño, muchas veces le ayudo a lijar y armar mesas. Don Camilo se trata de un sacerdote joven, ingenuo, lleno de conmovedor entusiasmo. ¿Por qué no le tomó en cuenta en vez de mandar a la calle al curita?

Buen resultado, Don Camilo. Ahora, en su iglesia, hay un curita que hace lo que le da la gana mientras usted se encuentra aquí arriba, en S., última y miserable parroquia de la montaña. Un pueblo sin vida porque hombres, mujeres y jóvenes están trabajando fuera, mientras allí sólo están los ancianos con los niños más pequeños.

Y usted, reverendo, ha tenido que ordenar la iglesia según las nuevas directivas; así, después de haber concelebrado la primera misa por el rito boloñés, ha oído de los viejos que, en todo el tiempo que permanezca en el pueblo, ellos no vendrán más a misa.

Vox populi, vox Dei

Don Camilo, las cosas al final se saben. Usted –recordando las palabras del curita- ha explicado que, ahora, la misa debe ser celebrada así y el viejo Antonio le ha respondido: “Tengo noventa y cinco años y para lo poco o mucho que me queda por vivir, me basta la misa que he oído en latín en estos noventa años”.

“Cosas de locos, agregó la vieja Romilda, estos ciudadanos quieren hacernos creer que Dios no entiende más que el latín”. “Dios entiende todos los idiomas, respondió usted, la misa será celebrada en italiano porque ustedes tienen que entenderla. Y, en vez de asistir pasivamente, ustedes participan del sagrado rito junto al sacerdote”. “¡Qué mundo!,” dijo Antonio, “¡los sacerdotes no quieren decir la misa solos y quieren que nosotros los ayudemos! ¡Pero nosotros debemos rezar durante la misa!”

“Justamente, así rezaremos todos juntos, con el sacerdote”, ha querido de explicar usted. Pero el viejo Antonio tomó la palabra: “Reverendo, cada uno reza por su cuenta. No se puede rezar en comuniorum. Cada uno tiene sus dificultades personales que confiar a Dios. Y se viene a la iglesia a propósito, porque Cristo está presente en la hostia consagrada y así nos sentimos más cercanos. Usted haga sus cosas, reverendo, y nosotros las nuestras. En todo caso, si usted es igual a nosotros, entonces, ¿de que más sirve el sacerdote? Para presidir una asamblea son capaces todos. ¿Acaso yo no soy jefe de la cooperativa de leñadores? Y después, ¿por qué ha quitado de la iglesia todas las cosas que nosotros habíamos ofrecido a Dios, con el dinero que habíamos sudado? Para esculpir ese San Antonio de castaño que se llevó al ático, mi padre tardó ocho años. Se entiende que no era un artista, pero puso toda su pasión y toda su fe. Si usted quiere hacer la revolución, vaya a hacerla a su casa, reverendo”.

Don Camilo, yo entiendo lo que usted tenía que probar. Pero la culpa es suya de haberse enredado en estos problemas.

De todos modos, yo no le escribo sólo para decirle cosas malas, sino para confortarlo un poco. El curita que hoy está en su puesto ya ha desmantelado la iglesia. En lugar del altar no instaló el banco del leñador, sino una mesa normal porque, con mucha cortesía, las autoridades superiores le hicieron entender, a pesar de ser esta idea bellísima y noble, esta preferencia dada al leñador podría haber ofendido a los fabricantes y los otros artesanos. Balaustrada, ángeles, candelabros, exvotos, estatuas de santos, vírgenes, cuadros e imágenes, tabernáculo y todos los otros muebles sacros fueron vendidos y lo recolectado sirvió para arreglar la iglesia, para los utensilios estereofónicos, micrófonos, altavoces, calefacción, etc.

También el famoso Cristo fue vendido porque era muy incómodo, llamativo, espectacular y profano. Sin embargo, esté su corazón en paz: todas las cosas no se fueron lejos. Las ha comprado el viejo notario Piletti que las llevó y ordenó en la capilla privada de su villa del Brusadone. Falta solo la balaustrada del altar mayor: la compró Peppone y dice que nos hará el balcón de la casa del pueblo.

Sin embargo me consta que, columnas y otros pedazos de la balaustrada, fueron embalados y llevados uno por uno con gran cuidado y puestos en un lugar seguro.

Usted sabe que, por cuanto me conoce como un maldito reaccionario enemigo del pueblo, Peppone se deja llevar por mí y me ha dado a entender que estaría dispuesto negociar. Quisiera, a cambio de la balaustrada, la mitra que le quitó en 1947. Dice que no tiene la mínima intención de usarla porque ahora ya está convencido que los clérigos lograrán derrotar a los comunistas mandándoles al poder sin darles la satisfacción de hacer la revolución. La quiere porque es un recuerdo.

La misa clandestina

Don Camilo, yo estoy seguro de que, cuando usted regrese dentro de poco (y lo harán regresar pronto porque, ahora, a la iglesia van, para hacer despecho por usted, sólo Peppone, Smilzo, Brusco y Bigio), usted encontrará todos sus queridos adornos perfectamente adornados en la capillita del notario.

Y podrá celebrar la misa clandestina para sus pocos amigos de confianza. Misa en latín, se entiende, y con todos oremus y kirieleisón. Una misa a la antigua, para consolar a todos nuestros muertos que, aunque no conocían el latín, se sentían, durante la misa, cercanos a Dios; y no se avergonzaban si, escuchando como se elevaban los antiguos cantos, sus ojos se llenaban de lágrimas. Quizá porque, entonces, el sentimiento y la poesía no eran pecado y ninguno pensaba que la dulce, eternamente joven “cara de la esposa de Cristo” pudiese mostrar manchas o arrugas. Mientras que hoy se nos presenta el vídeo profano con la cara desagradable y antipática del cardenal Rosso de Bolonia y de sus fieles activistas, gentilmente concedido a la curia por la federación comunista local.

Don Camilo, téngalo presente: cuando los generales traicionan, tenemos más que nunca necesidad de la fidelidad de los soldados…

Le saludo afectuosamente y le mando, para su consolación, una imagen del muy reverendo Pietro Nenni, experto en encíclicas papales, y llamado de los amigos “Peter pan y salam”.

Su parroquiano Guareschi



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