“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

lunes, 17 de agosto de 2015

Lo mismo que ocurre en la Neo-FSSPX

Lo mismo de alguna forma que se dice ocurre en Roma (en el artículo que reproducimos). Se presiona a los sacerdotes sospechados de oposición o disentimiento al acuerdo con la iglesia conciliar; se los quita de en medio; se traslada a veteranos con brío a sitios pequeños y remotos; se coloca en puestos clave (superiores de distrito, directores y subdirectores de seminarios, priores) a jovencitos dóciles e inexpertos, débiles o acuosos de carácter y sumisos a todo capricho de los superiores; se ha juzgado inicuamente a algunos y se ha censurado y perseguido y expulsado a otros. Etcétera. Y todo esto en medio de una estrategia de branding publicitario y sonrisas, muchas sonrisas…igual que en Roma.


Colas en Fiumicino



De acá


Hace algunos días se publicó en una página americana un interesante artículo acerca de otro de los devastadores efectos que está produciendo el pontificado de Francisco, esta vez, en la Curia Romana. Traduzco el párrafo inicial:

“Solía conocer a muchos sacerdotes que trabajaban en los dicasterios romanos pero ahora están haciendo cola en los aeropuertos de Roma y regresando a sus diócesis de origen con la intención de no volver. El problema es que el Papa matonea a sus jefes y, entonces, sus jefes los matonean a ellos, y por eso se van. Por más curtido que se tenga el cuero, hay límites para soportar insultos y desprecios. Esto, sumando a un creciente grado de sudamericanización, hacen que el ambiente de trabajo de la Santa Sede sea cada vez más difícil. A los que tienen el cuero más delicado y son más sensibles, debido a que el mundo del Papa inevitablemente se estrecha, todas las mañanas desde Santa Marta les caen más insultos. El éxodo de Roma se basa en una simple pregunta: “¿Debo quedarme o debo irme?”. E irse es más fácil que quedarse”.

Me interesa hacer un par de observaciones. 
No me parece extraño, ni malo de por sí, que se esté dando una sudamericanización de la Curia Romana. En la larga época de Juan Pablo II se produjo una polonización así como históricamente, siempre hubo una italianización. El problema es que los sudamericanos que están llegando a Roma presentan las mismas características de quien los lleva: cortos de entendederas, incultos, vulgares e ignorantes. Y este tipo de personajes pueden encontrarse en todos los países y continentes. Pero ocurre que, en este caso, Dios los cría y el Papa los amontona, y así van a terminar llevándose puesta a la Curia, si los dejan.
En segundo lugar, me parece muy grave y alarmante que los buenos sacerdotes que trabajan en la Curiaestén dejando sus puestos los que son rápidamente ocupados por estas nuevas huestes francisquistas. Este método de recambio de personal no es nuevo: lo aplicó Perón y desde hace algunos años lo están aplicando los Kirchner en Argentina. Veamos, si no, el caso de la Cancillería, donde los empleados de carrera y con antecedentes y capacidad para desempeñar sus delicadas tareas son hostigados continuamente por sus jefes hasta que, cansados de soportar la situación de acoso, renuncian a sus puesto, o sos echados, y su lugar es ocupado por algún jovencito incompetente de La Cámpora. Lo que el periodista que escribe la nota no sabe es que Bergoglio está “camporizando” la Curia, es decir, llenándola de gente que le responda automáticamente y lo consienta en cualquier disparate que se le ocurra.
En general, quienes trabajan en la Curia Romana, gozan de mala fama. Se los percibe como frívolos, trepadores y cómodos que escapan al duro trabajo pastoral del cura de a pié. Y la imagen es falsa. Conozco personalmente y muy de cerca a cuatro sacerdotes de la Curia. Dos ellos volvieron ya a sus diócesis y los otros dos hacen más de veinte años que están allí. Tres de ellos son argentinos y uno es alemán. Doy testimonio de la ejemplaridad de los cuatro. Ninguno de ellos está o estuvo en Roma con ánimos de trepar o de integrar alguna cordata de poder. Es más, uno de ellos se fastidió sinceramente cuando lo ascendieron y ubicaron en un vistoso puesto del séquito papal. En todos los casos, los movió siempre el ánimo de servir a  Cristo y a la Iglesia del mejor que podían hacerlo y en obediencia a lo que les pedían. Ese servicio, en algunas ocasiones, implicó sacrificios: en uno de los casos significó entregar a sabiendas su propia carrera y futuro en la Urbe a fin de cumplir con el deber que su conciencia y amor a Cristo y a su Esposa le imponían.

Como en todo grupo humano, no todos son así. Tenemos en la Curia Romana a Mons. Karcher, que han demostrado ser especialista en la frivolidad de las selfies y del Facebook, y al arzobispo Sánchez Sorondo, un verdadero maestro en el arte del panqueque o la crêperie y de la navegación según los vientos que corren. Pero me animo a decir que no son ellos la mayoría. La mayoría son los otros. Y es a ellos a quienes está espantando Francisco. Como los Kirchner, dejará tierra arrasada.

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