“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

miércoles, 20 de agosto de 2014

Un país de Jauja



LA MODESTIA ARGENTINA

“Para peor, él sabía lo fácil que es vivir en este país a sus expensas –y nada más.
‘¡Qué gran tierra es para vivir la Argentina para los que no aman a la argentinidad!’”


P. Castellani, La modestia argentina, en Decíamos ayer.



SERIEDAD

Es curioso hasta qué punto puede la gente abstraerse de la realidad, mirar sin ver y oír sin escuchar. Viven los hombres de este siglo los cambios más veloces y trascendenta­les; los arrastra el trágico torbellino de inconmensurables revoluciones que arrasan y trans­forman continentes y naciones, culturas y sociedades; y ante la dramática grandiosidad de los hechos —tan inmediatamente presentes que hasta los tienen dentro, en su misma conciencia— sólo atinan a refugiarse en el lugar común y en la rutina.
Este no aprehender la realidad de las cosas serias parece ser muy especialmente característico de los argentinos. Aquí sabemos, desde luego, de una guerra en la cual —hace más de veinte años— murieron varios millones de personas; sabemos de otras gue­rras que de entonces a ahora se suceden sin solución de continuidad; de revoluciones, tor­turas, miserias y hecatombes de distinto tipo; todo eso lo leemos en los diarios, lo vemos en el cine y por supuesto, ni se nos ocurre ponerlo ostensiblemente en duda. Pero en el fondo de nosotros mismos no podemos creer en todo eso, somos incapaces de sentirlo como real, se nos aparece como algo ficticio, como una novela, como algo poco serio en definitiva. Al igual que el gallego del cuento, puestos frente a un hipopótamo sólo atinamos a pen­sar: “ese animal no existe”; aunque digamos lo contrario.
Este desvalorar todo lo trágico, lo importante, lo trascendental, lo profundo, lo serio —todo lo cual es considerado como una mirada que oscila entre el pudor ofendido y el desprecio condescendiente—, para valorar en cambio lo mínimo y fútil, constituye la más típica respuesta del necio y del ignorante a los problemas que se sabe incapaz de re­solver.


Francisco Seeber
Revista Jauja n.8, Agosto 1967.


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