“Vivamos la milicia del cristianismo con buen humor

de guerrillero, no con hosquedad de guarnición sitiada”.

Nicolás Gómez Dávila

“Estoy inaugurando en la Argentina la literatura anticlericalosa. En todos los países católicos existe y aquí es una vergüenza. Los eclesiásticos, como toda sociedad humana, tienen sus defectos, abusos y ridiculeces y si no existe un contraveneno, el córrigo-ridendo-mores, campan con todos sus respetos, como una murga cualquiera”.

Padre Leonardo Castellani


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sábado, 13 de septiembre de 2014

Ciceronianas




Diálogos del orador – Libro II

»En cuanto a lo primero, es decir, a lo que la risa misma es, y cómo se excita y mueve, y dónde reside y cómo estalla de repente sin que podamos contenerla, y de qué suerte se comunica a los costados, a la boca, a las venas, al rostro y a los ojos, averígüelo Demócrito, pues a mi propósito nada importan esas cosas, y aunque importaran, no tendría yo reparo en confesar mi ignorancia en lo que ignoran los mismos que prometen enseñarlo. El lugar, digámoslo así, y la región de lo cómico (y esta es la segunda cuestión), consiste en cierta torpeza y deformidad; pues casi siempre se reduce el chiste a señalar y censurar no ridículamente alguna ridiculez. Y viniendo al tercer punto, diré: que es muy propio del orador mover la risa, ya porque la misma hilaridad concilia la benevolencia de los que participan de ella; ya porque admiran todos la agudeza, contenida a veces en una sola palabra, especialmente en la réplica, ya que no en la invectiva; ya porque quebranta las fuerzas del adversario y le estorba y le aterra y le confunde; ya porque da a entender que el mismo orador es un hombre culto, erudito y urbano; pero sobre todo, porque mitiga y relaja la severidad y tristeza, y deshace en juego y risa la odiosidad que no es fácil destruir con argumentos. Hasta qué punto puede emplear el orador lo ridículo, es cuestión que merece atento examen y que trataremos en cuarto lugar. Porque ni la insigne maldad, ni el crimen abominable, ni menos la extrema miseria, son dignas de risa: a los facinerosos se los ha de castigar con armas más fuertes que la del ridículo, y de los miserables es cruel burlarse, a menos que no pequen de jactanciosos. Respétense las aficiones de los hombres, porque es muy fácil ofenderlos en lo que más aman.
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